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sábado, 24 de marzo de 2012

Tetuán, Bellas Vistas, Dehesa de la Villa

Aviso: voy a escribir muy rápido esta entrada. Como si sólo tuviera media hora y a pesar de ello me empeñara en que el post fuera largo. De unas diez mil palabras por lo menos. La hipótesis es casi cierta, con esa certeza de la ficción de decir la verdad a través de la mentira. Y en cualquier caso, este escurrirme  es la única manera de poder hacer tiempo para el blog: pararme en el minuto y en el segundo, y estirarlo a fuerza de teclear. Por ahí fuera el tiempo me teclea a mí, aunque esta semana le he dicho a varios amigos que no voy a quejarme por el tiempo que no tengo, y también os lo digo a vosotros: no pienso quejarme más. Éste es mi último gruñido sobre el particular.

De entre las personas que conozco, Óscar debe de ser de los pocos de fuera de Madrid  que han encajado en un barrio hasta hacerlo suyo. Las personas que más frecuento son casi todas de mi generación; supongo que eso explica que, si no veo a foráneos (pero en Madrid es todo foráneo) bien acoplados a, por ejemplo, Aluche,  puede deberse a que no han vivido los suficientes años mirando el ladrillismo (aunque Óscar lleva media vida aquí, al igual que yo:  sean ustedes conscientes de lo resbaloso de mis afirmaciones). Otra explicación plausible es que me muevo entre burgueses acostumbrados a vivir en el centro de Soria o de Minglanilla, y a los que no se les pasa por la cabeza venirse a la capi para exiliarse del centro, porque digo yo que a alguien de Mislata (Valencia) no se le debe de hacer el cuerpo raro en un barrio. Y una tercera y última explicación: lo que ocurre es que en Madrid no cuenta  sólo el concepto o el ambiente, sino también la lejanía. El que sea realmente un coñazo salir de tu barrio para ir al centro porque queda a tropocientas paradas de metro y siete mil transbordos. Tal vez por eso a Óscar se le ha hecho el cuerpo, porque Tetuán está  dentro de la M-30, al igual que Prosperidad; son distritos en verdad poco excéntricos y muy habitables para los que no nos acostumbramos a que Malasaña no esté a un paseo. Y además Óscar vive con su pareja en un edificio donde se aloja la famila de su pareja. Todo queda en casa. La vida de Óscar, por estas y otras cuestiones, me parece envidiable los días en que quiedro tener pareja y una familia cerca para que me invite los domingos y fiestas de guardar a  paella. Sin embargo, otros días no quiero eso. Otros días no sé lo que quiero.

He quedado en Cuatro Caminos con Óscar y con Asís. Óscar es escritor, y Asís fotógrafo (van a ver en este post tres fotos maravillosas que son suyas; el resto, meramente naturalistas y hechas de cualquier manera, proceden de mi móvil).  Aunque está nublado llevo gafas de sol, y quizá por eso Óscar, o tal vez Asís, me suelta: "Pareces una actriz". Si hiciera sol no me habrían dicho nada; las gafas de sol cuando no hace sol tan sólo ocultan llamando la atención, y los famosos van por ahí con sus gafas porque hay un juego de ser reconocidos en el intento de pasar desapercibidos. Creo que Montaigne decía algo así como que la modestia es la forma más refinada de la vanidad.  Sólo he conocido a una persona que nunca se quitaba las gafas de sol: Chavela Vargas. De noche y de día. Bajaba al comedor (entonces yo vivía en la Residencia de Estudiantes) y me encontraba a Chavela con sus gafas, sin saber si me miraba. Me ponía nerviosa. Con lo de "Pareces una actriz" me imagino algo a la española, y que en lugar de actuar, canta: La Pantoja, María Jiménez. Mi imaginación es cañí, qué se le va a hacer. Por cierto, si  hoy llevo las gafas de sol a pesar de la materia gris del cielo es porque tengo conjuntivitis.

Sobre Tetuán hablé aquí. Me la enseñó Urban. De Tetuán recuerdo asimismo un paseo de antes de saber que era Tetuán,  con mi padre y recién llegada a Madrid. Antaño eran habituales los paseos en coche con mi querido progenitor, quien afirma que los vehículos se han inventado para liberar al género humano de tener que ir andando. Cuando mi padre se encuentra con ecologistas que quieren limitar el uso del coche en las ciudades grita: ¡Viva la contaminación! El día que mi padre me llevó a Tetuán sin que yo supiera que se trataba de Tetuán, lo que quería era mostrarme el Instituto Virgen de La Paloma, que está en Francos Rodríguez. Allí estudió Máquinas Navales para posteriormente embarcarse en Barcelona (creo) y desembarcar en Cádiz después de haberse pasado toda la travesía vomitando. Mi padre trabaja desde los 13 años; cuando se decidió por las Máquinas Navales llegaba a clase (turno de noche) tras patearse la ciudad con una maleta llena de telas. Era representante de tejidos. Pienso ahora que tanto andar quizá le haya hecho aborrecer los paseos, y que si estudió Máquinas Navales a pesar de que odiaba el mar se debía a su deseo de marcharse lejos. El caso es que ese día en el que vine a formalizar la matrícula en Filosofía mi padre me llevó en coche a ese barrio para mí ignoto, y que estando con Óscar y con Asís, y antes de llegar al Instituto Virgen de La Paloma, empiezo a reconocer el ambiente visto con mi padre allá por el año 96. No se trata de nada en concreto, y es raro cómo funciona la memoria, a través de formas que por su vaguedad se asemejan a lo abstracto. Una calle, una cuesta, caídas de luz que dormitan en el recuerdo como si fueran imágenes soñadas. Entonces comienzo a esperar a que aparezca el Instituto Virgen de la Paloma. No tengo en verdad ninguna seguridad de que mi archivo memorístico no esté dañado.

Finalmente arribamos al Instituto y menciono a mis acompañantes que mi padre estudió aquí; Óscar me dice  que hay generaciones enteras en el barrio que han hecho su formación profesional en el Virgen de la Paloma, y que el lugar es por ello un hito.

Aclaro que estoy empezando por el medio del paseo en lugar de por el principio, que es Bravo Murillo, calle recorrida por mí hasta la saciedad durante 2009 por motivos que no vienen al caso, y explorada por primera vez cuando en 2003 estudié unas oposiciones que sólo deseaba suspender. La academia caía por Cuatro Caminos, y con el buen tiempo me daba paseos hasta Estrecho, o callejeaba tímidamente. Tetuán era sólo el nombre del distrito en el que vivían algunos de mis compañeros de la facultad, y también el lugar al que diariamente partía de madrugada la dueña de un garito brasileño de Lavapiés, sito en la calle Salitre, y al que yo acudía entre semana para marcharme a la misma hora que ella. La repetición, el alcohol y la resonancia marroquí de Tetuán me llevaban muchas noches a soñar en una huida en taxi hacia un Tetuán que era a la vez un barrio de Madrid y una ciudad al borde del Estrecho de Gibraltar. El Tetuán de mi sueño tenía una oscuridad con nubes naranjas al fondo, y estaba plagado de posibilidades. Sé que siempre cuelo algún sueño en los paseos; no puedo evitar soñar con espacios ni la posterior conexión del paisaje onírico con el real.

Paramos primero en un solar donde hay un circo que en esta atmósfera grisácea recuerda a imágenes de Diane Arbus. Se trata del circo de Teresa Rabal. Me imagino a Arbus fotografíando a Teresa Rabal desnuda frente a las lonas, con el cuello ladeado y esa sonrisa de los discos que yo aborrecía cuando niña. Escribo esto justo antes de que Asís me pase una foto cojonuda que me hace no pensar más en lo que habría hecho Arbus y centrame en lo que ha hecho él:





Luego nos metemos en el antiguo cine Europa, hoy Saneamientos Pereda: alcachofas para la ducha y tazas de váter en un espacio pensado para ver y verse. Óscar y Asís se preguntan dónde estaría la pantalla y qué obras se han llevado a cabo para dejar el espacio casi redondo, para expurgar el aspecto de anfiteatro y envolverlo todo de luces de neón blancas y estanterías. De nuevo una foto estupenda de Asís:




La Wikipedia añade esto en su entrada sobre el Cinema Europa: "En la actualidad los carteles de la tienda de saneamiento desvirtúan por completo la calidad arquitéctonica de la fachada". Tal vez se trata de un castigo: en el Cine Europa se cantó por primera vez Cara al sol, el himno de la Falange; también daban discursos los comunistas, y cuando estalló la Guerra Civil, la Federación Anarquista Ibérica (FAI) lo convirtió en una de las checas más sanguinarias de Madrid. La checa tenía un nombre que hoy suena bien: Ateneo Libertario de Tetuán. Es Óscar quien me pone tras la pista de las impregnaciones políticas y guerracivilistas del cine.

A continuación vamos a la Parroquia de San Antonio. En Tetuán viven muchos inmigrantes latinoamericanos, y en esta iglesia ya le han hecho hueco a la imaginería del otro lado del Atlántico. Tiene su altar, por ejemplo, la Virgen de Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela.



Ignoro si traer vírgenes y cristos de otras latitudes aumenta la afluencia a la casa del Señor. La parroquia de San Antonio exhibe ese vacío de todas las iglesias españolas, que se llenan sólo en la vistosa y muy social misa de los domingos, y a las que entre semana sólo acuden viejas a susurrar el rito. Nunca he experimentado un sentimiento religioso en una iglesia.

Callejeando el ambiente latino se hace notar; yo diría que abunda el rollo dominicano, y Óscar me dice que hay un claro cambio de ritmo en el barrio, un cambio más nocturno y salsero; prueba de ello son los horarios de algunos de los negocios latinos, que abren y cierran más tarde que los españoles.



También se evidencia el tipo de población en la cartelería de los locales y en la callejera:







Podríamos parar en algún sitio para comer, qué sé yo, patacón pisao, pero no. Optamos por la bravas y los callos con garbanzos del bar Marcos, sito en calle Santa Juliana número 4. Es uno de los favoritos de Óscar para comer bravas.



Tetuán, ya lo dijimos en este blog, es una de las zonas de Madrid que mejor conserva los edificios de principios del siglo pasado. Algunas calles hacen pensar que el ladrillismo desarrollista queda lejos. Me gusta Tetuán. Es fácil por otra parte que gusten más los barrios del oeste y del norte que los del sur y los del este. En algún momento  se decidió que el lumpen debía habitar el sur, y que no merecía espacios decentes. Algo así como: qué más da, si los pobres tienen mal gusto y están acostumbrados a que les entre el frío.

La colonia Bellas Vistas es otra de nuestras paradas. Sobre las colonias leo esto en la Madripedia:

"La mayor parte de las colonias existentes en Madrid se construyeron en los años veinte y treinta del siglo XX, al amparo de las Leyes de Casas Baratas de 1908, 1911, 1921, 1924 -entre otras- para la construcción de viviendas para obreros, funcionarios y militares. Para ello se buscaron terrenos en el extrarradio -sobre todo en el antiguo municipio de Chamartín de la Rosa-, que fueran sitios apacibles y económicos para vivir. De casas baratas para clases modestas han pasado en la actualidad a ser viviendas de lujo para aquellos que quieren vivir en un hotel individual o adosado con jardín dentro de la ciudad".

La colonia Bellas Vistas, penúltima parada de nuestro paseo, se construyó en 1928 por la Compañía Anónima de Casas Baratas, y responde a lo anteriormente descrito: casas de lujo dándole coba a casas modestas. En puridad, y a pesar de las diferencias, aquí reina la inmodestia: tener una casa con jardín en pleno Madrid es hoy un lujazo. Ahora bien, Bellas Vistas tiene calle particular, y lo particular es siempre más estático; normalmente hay mayores posibilidades de que te ocurran cosas estando en compañía. Quiero decir que ese no pasar de gente por la calle, y de albañiles por las fachadas, y de coches junto a los autos aparcados, se nota. La colonia da tanta envidia como sensación de decadencia, y una señora pretende cortarnos el paso. Asís y Óscar son encantadores de serpientes, y la señora, que dice estar harta de que se cuelen yonquis y excursionistas, se entusiasma con mis cicerones y nos cuenta la historia de su casa y de los árboles de la colonia. Pongo durante algunos días mucha aplicación en que no se me olviden los nombres de los árboles, pero es en vano. "¿No hay un libro de Almudena Grandes en el que uno de los personajes vive en Bellas Vistas?", creo que dice Óscar. No puedo evitar querer saber qué historia protagoniza ese personaje, si es que existe. Creo que en realidad lo que quiero es inventarme su vida.



















De Bellas Vistas nos vamos a la Dehesa de la Villa, un pulmón radioactivo que me dio tema de conversación hipocondriaca  durante mis años de estudiante en la Complutense. Sobre la radioactividad de la Dehesa dejo información aquí. Hay unos pocos corredores inspirando y exhalando plutonio, aunque nosotros no hablamos de la contaminación, sino de los confines de la ciudad. Las grandes ciudades limitan con las circunvalaciones; no es posible salir de ellas andando con cierta tranquilidad. Sin embargo, en Madrid hay espacios que producen la ilusión de que la ciudad acaba de terminarse ahí mismito, justo donde te estás manchando las botas de barro, y de que, si quieres, alcanzas la sierra sin volver a oler el asfalto.




Óscar quiere enseñarme el Cerro de los Locos, donde, me dice, a veces van hombres desnudos.





La foto, por supuesto, es de Asís.

Aquí están los dos:




Gracias.

martes, 13 de abril de 2010

Tercer día: sobre la inminente extinción + Urban

Lo que hago aquí me da algo de complejo de españoles por el mundo, de programa de tele, de guía turística con aspiraciones entre ridículas y pretenciosas. Por otra parte, pienso que no está nada mal que, en lugar de buscar elementos con los que destacar (que es lo que hacemos parte de los que escribimos), procure no destacarme en absoluto, ser una española por el mundo (por Madrid en este caso), un programa de tele, un folleto, una guía turística con aspiraciones entre ridículas y pretenciosas.

En un post anterior mencioné un blog cojonudo, Urban Idade: memorias de las redes urbanas, que administra alguien que se hace llamar Enrique Fidel. Dije que, si me animaba, le escribiría. Pues bien, lo hice, y hubo suerte: hoy E. F., quien me ha dicho que le llaman K., pero que aquí será Urban, me ha llevado a dar un paseo por Tetuán.






Es raro quedar con alguien al que no has visto en tu vida. Yo sólo lo he hecho tres veces, y la sensación ha sido parecida: la de que un todo-siempre-extremo es posible (lo que no es extremo no acude a mi mente, que necesita de estímulos fuertes para mantenerse alerta).  Luego no ocurre nada extremo, aunque en esta ocasión el encuentro ha sido más que interesante. Urban es un gran conocedor de la parte norte de la ciudad. Dice que es porque siempre ha vivido allí. Se sabe la Historia, los nombres de los arquitectos, el tipo de población que ha rulado por los barrios. Me ha dicho: "Siempre hay algo que a primera vista te llama la atención, y eso no es ninguna casualidad". Cuando descubrí su blog pensé que sus fotos eran las que yo haría, y hoy me faltó gritar eureka, pues aquel pensamiento (o más bien visión)  no fue ninguna casualidad.

Además de lo catalogable en Wikipedia, archivos y demás, Urban es una suerte de descubridor  de lo extraño, de aquello en lo que nadie repara, de lo que está a punto de extinguirse, de lo precario, de lo que no es digno de mención. De lo que a mí me interesa. Su búsqueda es la de la identidad de los barrios, que es como querer guardar el agua entre las manos, especialmente en Madrid, donde no hay más política que la explotación. Es decir: la de conservar el centro y dejar que se degraden (para "mejor" construir) las zonas adonde no acuden ni turistas ni políticos. Dice Urban, a quien escriben casos desesperados e inútiles de gente que resiste en inmuebles que van a derruir, que no se trata de conservar por conservar, sino de respetar el territorio, de no dejar que se destruya. Si en lugar de echarlas abajo, se arreglaran las viejas construcciones, tal vez tendríamos una forma más saludable de habitar, y los barrios no darían la impresión de ser meros almacenes de cuerpos. 

La cita era en la esquina del McDonald's de Cuatro Caminos. No recuerdo bien el orden, y quizá trastoque un poco las palabras de Urban, aunque no me importa demasiado la precisión. Primero me ha señalado un edificio de ladrillo visto en la glorieta. "Eso sabrás lo que es", y yo he dicho "Sí", aunque no tenía ni idea. Llevo viendo ese edificio desde que llegué a Madrid, y nunca me he preguntado qué demonios alberga. Urban me lo ha dicho y, por supuesto, ya se me ha olvidado. No tengo retentiva de tipo enciclopédico y/o erudito y, repito, no pretendo aquí precisiones (eso me llevaría a tener que darle al Google todo el rato). Creo en cualquier caso que el arquitecto era el mismo que el de la Residencia de Estudiantes, Antonio Flórez Urdapilleta (cuya idea de la arquitectura era muy de la Institución Libre de Enseñanza), y el tipo de ladrillo un anticipo de lo que íbamos a ver en versión humilde, a saber: el ladrillo de hace algo más de un siglo, con el que los que emigraban a Madrid se construían, en ocasiones, sus propias casas, algunas de las cuales permanecen aún en pie (según Urban). Otro de los edificios de dicho arquitecto, muy parecido al Pabellón Central y al Trasantlántico de la resi, es el CEIP Jaime Vera, en Bravo Murillo:





Al lado otro edificio al parecer insigne, en el que yo no había reparado jamás, el antiguo cine Europa, que hoy es esto:





Callejeamos un rato. Primero vemos un acueducto que forma parte del Canal de Isabel II, y luego llegamos a la calle Avelino Montero Ríos, en la que Urban quiere mostrarme unos adosados de ladrillo que se conservan bien:





Me dice: "Fíjate en qué pequeño es el espacio". En la acera de enfrente han derribado uno de estos adosados para levantar un edificio moderno que me gusta porque rompe el entorno de manera constructiva, aunque por supuesto eso no es lo habitual. Ya en Fuencarral vi una construcción de este tipo, que no se encuentra por el centro, o no con este descaro. Supongo que es una alternativa al tipo de edificación masiva e insulsa de los barrios:




   


Callejeando un poco más, llegamos a otros dos modestos hitos:  la casa de Marceliano Santa María, un pintor que no vivía nada mal, y, si no me equivoco, un edificio de viviendas para obreros de la Constructora Benéfica, creo que en la calle Tenerife:







Nos colamos en el edificio de la Constructora Benéfica, que tiene un patio hermoso y carcelario:





El Tetuán más cercano a Cuatro Caminos es un batiburrillo de edificios de diversa índole que, en general, están bien conservados. Urban me dice que en los 60 el barrio estaba igual que en 1900, y que él aún recuerda cuando todo eran casas bajas, similares a estas de la calle Pinos Alta, donde había una academia de baile:


  


La degradación es mayor conforme subimos en dirección a Plaza de Castilla. Urban me habla de los edificios ocupados tanto por profesionales del asunto, los okupas, como por inmigrantes o familias. Tapiar las puertas y las ventanas no sirve de nada; la gente las rompe y se instala en las casas:



 





Este fenómeno es tan habitual que los inmuebles con pinta de estar desocupados tienen que poner carteles para avisar a los cazadores de techos:



Degradación a mansalva y un improvisado huerto comunal en un solar:
















Llegamos hasta La Ventilla, cuya historia está aquí.

Gracias, Urban.