sábado, 20 de noviembre de 2010

(Mi) Escritura y ciudad



Hace una semana participé en el Festival Eñe con esta miniconferencia sobre la relación entre el espacio urbano y mi escritura:


«Cierto día recibo un e-mail del autor de cómics Leandro Alzate. Sus palabras me intrigan por la precisión y la simplicidad con la expresan cómo trabajo mis textos. Leandro me dice que le gusta mi manera de desarrollar la ficción en el espacio urbano, y que ésta se sustente exclusivamente en la modulación de las sensaciones como hilo narrativo. Unos cuantos correos después empieza a perfilarse la posibilidad de una colaboración. Leo Mal dadas, el cómic que Leandro publicó en Astiberri, y que cuenta una historia mínima, terrible y hermosa de adolescentes; le hablo de la inquietud que me provocan sus escenarios borrosos y casi vacíos, una inquietud, le digo, que viene de la posibilidad que los preña, de la apertura. Edificios que podrían ser demolidos mañana, naves industriales, callejones, solares y, en fin, un paisaje de ruinas que sin embargo no se proyecta hacia el pasado, sino que se balancea entre el presente y un extraño porvenir. Le digo que sí, que no me costaría hacer míos sus escenarios de trazo abierto, y entonces él me envía una serie de fotografías, todas de lugares de paso: un pasillo, un pasaje subterráneo, las escaleras de un ferry.







En una entrevista a E.L. Doctorow aparecida hace unos meses en Quimera, el autor, a propósito de Homer y Langley, su última novela, decía algunas cosas muy interesantes sobre la escritura. La primera es que el escritor parte de un mito, dándole a mito el significado de leyenda, de algo que alberga un misterio que se quiere desentrañar porque se presupone que esconde una clave decisiva, es decir, un sentido. Sin embargo, advierte Doctorow que ese sentido viene al final, cuando la obra está escrita, y no antes. Traigo aquí las palabras del autor norteamericano porque, en la medida en que la ciudad es todavía para mí una suerte de leyenda, de tema misterioso que dista mucho de haberse agotado (y de haberme de paso revelado por qué demonios me instalo en él), trasladarme al plano del sentido no puede sino ser una impostura. No obstante, estoy obligada a ello porque esto es una conferencia y no una ficción, y yo soy respetuosa con los formatos. Asumo pues, y ustedes también deberían hacerlo, que lo que voy a decir aquí no son más que hipótesis sobre el papel que la ciudad está generando en mi obra, y que como hipótesis pueden e incluso, en la medida en que concibo la escritura como descubrimiento y no como tesis, deben resultar falsas.

Creo que la mejor manera de abordar el asunto es proceder como si tuviera que explicarles una nube de tags. Dichos tags son los conceptos que me vienen a la cabeza cuando pienso en la ciudad y en la forma de tratarla a través de la literatura. Uno de esos tags que, de ser esto un blog, aparecería con letras bien gordas, sería el de "centro-periferia". Llamo centro a todo lo que es constitutivo de la identidad de una ciudad, y no sólo al espacio denominado como tal en los mapas. Habitualmente dicho espacio y la identidad de la urbe coinciden, hasta el punto en que a veces ésta queda reducida al típico mapa del centro que los hoteles ofrecen a sus clientes por cortesía de El Corte Inglés. Vayámonos sin embargo a la España de los años 80. En ciudades como Valencia el casco viejo era intransitable, y la gente de bien no quería saber nada de la gentuza que vivía allí ni de sus edificios decrépitos. El supuesto centro era pura periferia; el ciudadano burgués, que tenía el poder de definir qué era y qué no era la ciudad, ni lo pisaba ni lo mentaba, y aquellas calles viejas y sin plan para rehabilitarlas se fueron convirtiendo en cloacas. Si me atengo a mi definición de centro, la Albufera, incluida en todos los recorridos turísticos de un día (la Albufera está a unos 10 kilómetros al sur de Valencia), era en aquellos años más céntrica que la ciutat vella. Dentro de este marco, la periferia sería obviamente lo que está excluido del marcador identitario. Lo que queda fuera del mapa de El Corte Inglés, pero también lo que, estando dentro, no es definitorio.







Es muy probable que ninguna de mis ficciones vaya a trascurrir en un escenario céntrico. Me pasa lo que al pintor Antonio López, quien dijo en una entrevista que lo que le inspiraba no era el centro, sino las afueras. Cuando observo imágenes de, por ejemplo, la rive gauche, Manhattan o la Gran Vía,  no puedo dejar de ver la postal. Se trata de lugares profusamente contados que encarnan nuestros actuales mitos, es decir, de los que cuelgan narraciones que nos identifican. En esa medida, están sobreinterpretados, y volviendo a Doctorow, aunque se trata de sitios míticos, su leyenda está referida a la Historia, y no al misterio. La sobreinterpretación puede ser fructífera para muchos escritores, pues al fin y al cabo la literatura no hace sino contar lo mismo una y otra vez. Sin embargo, yo no puedo instalarme en este tipo de escenarios; me pesa demasiado su carga significativa, y prefiero irme a lugares indefinidos, de trazo abierto, como los dibujos de Leandro Alzate que he mencionado antes o, trasladando el argumento al plano de la trama, como la leyenda que Doctorow retoma en su novela, la de dos hermanos freaks con síndrome de Diógenes, asunto éste periférico y en cualquier caso extraño para lo que era la pretensión del autor: contar el siglo XX norteamericano. Por cierto que Doctorow decía también haber conocido a algunos  escritores que tras una ardua investigación acerca del tema de sus novelas se quedaron secos, pues el saber les arruinó la capacidad de crear.





El tag que ocupa el segundo lugar en grosor de mi blog imaginario es el de la "ciudad como polis", esto es, como un espacio donde hay un tejido ciudadano que permite una política.  La ciudad-polis, ese lugar en el que los proyectos colectivos son posibles,  es algo que surge a posteriori, cuando reflexiono sobre lo escrito y sobre mi fijación con determinados paisajes urbanos. He dicho antes que los centros de las ciudades están sobreinterpretados, amén de representar una jerarquía (desde ellos se emite valor); sin embargo, de alguna manera  las periferias están también sobreinterpretadas: películas, series o libros sobre, por ejemplo, Harlem o Carabanchel, o, y puesto que sería ya muy discutible si Harlem o Carabanchel son periferia, el culebrón vespertino de Antena 3, cuyos protagonistas suelen vivir en ciudades dormitorio, o el cine social de la banlieue y de la chabola. No obstante, en esa sobreinterpretación el espacio ocupa un lugar muy secundario. En los libros y en las películas que transcurren en Nueva York o en París los narradores y la cámara dan buena cuenta de las calles; en cambio, en el culebrón de Antena 3 no salimos del chalet, ni de la chabola de la familia Montoya en el documental sobre poblados gitanos. Nada sabemos a propósito del espacio exterior, y desde luego es lógico que así sea, puesto que no hay tejido urbano, es decir, no hay espacio público, ciudad. Vuelvo a las palabras de Leandro Alzate, quien me decía en su correo que mis hilos narrativos se sustentan exclusivamente en la modulación de las sensaciones, y añado: de las sensaciones dentro de un espacio urbanizado sin que necesariamente dicho espacio sea ciudad, o incluso precisamente por eso. Tengo a veces la impresión de que mi escritura es sinónima de flanear (palabra que, por cierto, detesto), y que las tramas que alzo son una excusa para justificar que mis personajes recorran ciertos espacios que suelen ir de una periferia urbanita a otra donde la ciudad se diluye. Estoy exagerando, sí, pero no mucho. Sinceramente, no sé qué es lo que me lleva a explorar los territorios inhóspitos; desde luego tiene que ver con lo desconocido y con la posibilidad y, en relación con esta última, y volviendo al concepto de polis, a ratos creo que la periferia, esa descomposición de lo habitable, nos representa mejor, pues somos ciudadanos fracasados. También pienso que poner a mis personajes a merodear por andurriales o por sitios que no se transitan (imagino que si tuviera que rodar una película en una urbanización mi protagonista caminaría absurdamente por el vecindario) es de alguna manera hacer habitable ese territorio, convertirlo en polis, aunque por supuesto todas estas interpretaciones son autocomplacientes, y lo más sensato es confesar que no sé exactamente por qué ciertos espacios disparan mi escritura.





Hablar del tag "ciudad como generadora de identidad", o como desintegradora, me obliga a retomar el tema del centro y la periferia para jugar con varias posibilidades; de la más obvia ya hemos hablado: centro como generador de identidad, donde el ciudadano ya está escrito, frente a la periferia, que lo disuelve; sin embargo, estas fronteras son móviles, como lo son los efectos que puedan tener sobre nosotros: en este sentido, tal vez resulte más determinante en lo que a generar una identidad fuerte se refiere un paisaje de edificios de protección oficial que la torre Eiffel. Sólo añadiré a lo que ya dije antes que evito nombrar enclaves como el Museo del Prado, de tal forma que si en alguna ficción pusiera a un personaje a trabajar en el Prado, diría simplemente "el museo". A pesar de ello,  si la acción narrativa transcurriera en, por ejemplo, Talavera de la Reina o Tragacete, me aplicaría en nombrar con profusión, precisamente porque no son centros de nada, y por ello constituyen lo contrario de lo que cierto tipo de lector que a veces soy yo misma esperaría como escenario de una novela o un cuento. Creo que transgredir consiste a veces, y entre otras cosas, en ir en contra del gusto dominante, y cuando digo gusto, es decir, estética, también quiero decir ética.»

jueves, 11 de noviembre de 2010

PRIMER ENCUENTRO MADROÑOSFERA





Copio de Telecinco.es:


«El blog Madrid me mata creó el término 'madroñosfera' para reunir a la multitud de blogueros que escribían sobre Madrid, y esa primigenia idea se convirtió en un ente con vida propia, al menos en el mundo virtual, en el que cada uno de ellos sigue con interés las entradas de sus vecinos. Ahora, Bea Burgos (El blog de Tetuán) y Sarah (The Cheap in Madrid), dos blogueras de este Madrid 2.0, han decidido que es la hora de "conocernos físicamente, porque al final el contacto real es insustituible". Este jueves se celebra en Madrid el I Encuentro Madroñosfera, una iniciativa "totalmente independiente y ciudadana" a la que está invitado todo aficionado a postear sobre la capital.

Madrid es el denominador común de la' madroñosfera', pero en ella se encuentran posts sobre economía, gastronomía, historia, experiencias ciudadanas o propuestas culturales. Tras sus blogs, se encuentran "personas muy diferentes. Hay mucha gente joven, pero también de más edad, generalmente con estudios superiores, pero lo esencial es que cada uno tiene algo diferente que aportar". Así describe BeaBurgos a sus compañeros de la red, a los que no pone caras, pero sabe de sus cualidades en fotografía, sus estilos a la hora de escribir o su maña en el diseño gráfico.

"El interés por Madrid es lo que nos ha unido, las ganas de descubrir la ciudad", explica BeaBurgos, que propuso que ya era hora de que se conociesen en persona. "Poco a poco, nos hemos dado cuenta de que en los grandes eventos no hay tiempo ni espacio para que los blogueros nos conozcamos de tú a tú, porque son tan multitudinarios que no dan lugar a los pequeños coros de gente que realmente tiene algo en común", insiste BeaBurgos. "He coincidido con algunos blogueros en distintos actos sin saberlo, quizá nos hemos sentado uno al lado del otro", explica, pero nunca ha reconocido a ninguno de sus vecinos de la 'madroñosfera' porque generalmente publican de forma anónima, o a través de un pseudónimo.

"Es como una gran cita a ciegas", cuenta, en la que discutirán sobre sus experiencias personales y las preocupaciones comunes. "Va a ser un encuentro sin guión, informal, en el que se charlará, entre otras cosas, sobre que espacios puede fotografiar un bloguero, qué marcos legales hay que conocer o cuáles son los derechos y deberes que hay que tener en cuenta".

Esta primera toma de contacto se llevará a cabo este jueves, 11 de noviembre, en el Tetuán Punto Joven a las 19:00 horas. En él, muchos de los blogueros asistentes expondrán qué, cómo, y porqué tienen un blog y la intención es que este I Encuentro Madroñosfera sea la primera piedra para crear una red de contacto más allá de la Red.»

Fuente:

No sé si podré ir, pero ahí queda.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Teoría del solar





"El descampado y el solar son etapas sucesivas del proceso de urbanización. Un campo que se deja de cultivar se convierte en un erial. No es hasta que el núcleo urbano se expande que el erial pasa a ser un descampado. Cuando una empresa constructora se acerca, el descampado se transforma en un solar,  última etapa antes de la conquista definitiva. Un día aparece un montón de arena, o una hormigonera, o una pila de ladrillos. Después alguien aparca un coche o un sofá viejo. Poco a poco se llena de colchones, jerséis destrozados, bolsas de plástico, ruedas de coche, cubos agujereados, alfombras, bidones, barras de metal o de madera, escombros, revistas, preservativos, recipientes con comida para gatos... Y he aquí el solar, ese terreno híbrido situado a medio camino entre la naturaleza y la civilización. Como concentra materiales de los dos ámbitos, como es cambiante y permanece inexplorado, como constituye una continua fuente de sorpresas, resulta ideal en tanto que terreno de juego. Situado fuera del circuito de padres y familiares, el solar permite actividades más o menos paleolíticas que ayudan a los infantes a crecer e integrarse en un entorno hostil y cambiante. Un niño amontona ladrillos, otro utiliza un rincón como urinario de emergencia, aquellos juegan a mistri y los de más allá construyen una cabaña que no es ningún prodigio arquitectónico, pero que es suya.

La esencia del solar es la provisionalidad. Cuando se levante un edificio, el solar lo habrá perdido todo, incluso el nombre de solar. En un pueblo no representa una pérdida grave porque las afueras están cerca, llenas de espacios para explorar. Pero cuando una ciudad pierde un solar deja de tener un espacio abierto, un laboratorio, una excepción."


Els jugadors de whist, Vicenç Pagès Jordà. Editorial Empúries. La traducción es mía.

miércoles, 21 de julio de 2010

EL EFECTO EMBUDO O INCISO 6





El efecto embudo supone un movimiento centrífugo que conlleva una huida poblacional desde el núcleo hacia la corona exterior, un proceso de expulsión que provoca ciertas resistencias en las zonas de acogida ante la llegada de personas y familias que intentan escapar desde el centro del embudo. El observador 1 lo ejemplifica de este modo: "Los que viven en las 534 y las 900, cuando pueden, se van a las 1.000; y los de las 1.000 se van a La Potrera, y los de La Potrera se van a la Lona, y así. Y todos le están temiendo a esos saltos". Los observadores nos llevan al centro del embudo. Paramos primero en las 534, conocidas popularmente como Las Casitas, donde según el observador 1 la exclusión alcanza su expresión más extrema. Estamos entrando en una especie de vertedero habitado. El observador 2 dice que éste es el culo de la ciudad. El observador 1 explica el fenómeno en los siguientes términos: "En los 70 construyen el primer polígono para solucionar la infravivienda del centro, que se agravó por la cantidad de gente que vino del campo. Los políticos hicieron los polígonos para alojar a toda esa gente. Al principio había cierta planificación, pero en los 80 meten a lo bestia a muchas familias que vivían muy mal, y ya se hace una entrada en este barrio sin una planificación.  El PSOE en el 82 gana las elecciones y dice que la vivienda es un bien público, así que en esta zona, que es la última que se entrega, ya no hay propiedad privada, y además los vecinos que vienen son de refugios, chabolas y demás, y no saben convivir, ni pagan las rentas, y empiezan a vender los pisos que no son suyos, y todo esto se convierte en un tráfico de viviendas, y así hasta hace poco, porque la administración no quería hacerse cargo, y ahora parece que sí, aunque no sé, porque ya todo el mundo se ha acostumbrado a vender su vivienda, a enganchar la luz, a poner una puerta donde había una ventana y al revés, y por ejemplo, si tiene una avería el cuarto de baño, se quita el lavabo, y aparecen luego muchas goteras y se hacen polvo los pisos inferiores. Un vecino mío, gitano, arrancó la bañera para darle de comer al caballo. Además aquí, dentro de dos horas, si sales ves a un montón de personas que son muertos vivientes". Una gitana nos saluda desde la ventana de un primer piso. El portal está destrozado, y nos pregunta si queremos subir a ver aquello; creemos que ha reconocido a los observadores. El observador 2 nos señala unos locales comerciales abandonados justo enfrente, quemados por dentro y con impactos de bala en las paredes, que a él le recuerdan a los juegos de guerra de las videoconsolas. Más adelante nos muestra la remodelación de algunos bloques de viviendas, incluido el suyo. No entiende por qué han dejado su portal cercado con rejas en vez de cerrarlo con paredes.

(Lo anterior es un simulacro a partir de un estudio real que me ha facilitado Charo. No viene a cuento desvelar de qué ciudad se trata, por Charo y porque el fenómeno es aplicable a Madrid. Dejo aquí un artículo que cuenta la actuación del Ayuntamiento sobre barrios conflictivos; no se habla en él de cómo ha resultado el realojo de la población marginal. Algunas de las zonas que se refieren son las mencionadas por Esther en el post anterior.)

Salud.

sábado, 26 de junio de 2010

Inciso 5

"Ojalá nunca veas un enfado mío, dice Esther": primera frase de un papel roñoso que me ha acompañado durante un mes, que es lo que llevo intentando retomar el blog. NO TENGO TIEMPO DE NADA.

"La arquitectura no genera ciudad": Esther, arquitecta, va soltando estas máximas, y cuando se da cuenta de que las estoy apuntando se cabrea. Luego matiza, al igual que los escritores después de habernos puesto estupendos. Supongo que se refería a la arquitectura artística cuando decía que ésta no genera ciudad, a tenor de su matiz: "Bueno, el Pompidou sí":










Quiere que vaya a ver Sanchinarro, el Nuevo Carabanchel y el Ensanche de Vallecas. "Pero no lo apuntes, ve", me dice veinte veces. Le digo que sí, pero que lo tengo que apuntar.






Según Esther, desde los años 70 el urbanismo no existe en España, y un ejemplo de ello son los barrios citados. El Ayuntamiento de Gallardón está apostando por una arquitectura de autor que no crea tejido urbano, es decir, espacios que posibiliten las relaciones, para lo cual se precisa construir a escala humana: calles pequeñas pensadas para el peatón, y no para los coches;  edificios de cuatro o cinco alturas, plazas. Dice Esther que la definición de la ciudad está en cómo se resuelve la sección viaria (a saber, la proporción entre la calzada y la acera, que delimitan el espacio público, y el edificio, que es el espacio privado), y que cuando se alzan moles franqueadas por avenidas de dos carriles, con sus zonas de setos y sus garajes, lo único que se propicia es que lleguemos a casa en nuestro cochecito para dejarlo en nuestro parking y subir en el ascensor al hogar: primacía absoluta del espacio privado. Aquí no hay ciudad, sino urbanización. Sólo te intengras con quien gana el mismo dinero que tú, y eso si el edificio tiene piscina y jardín. En la ciudad, en cambio, la vivienda no importa tanto, pues todo está en función de lo que puedes hacer en la calle.




  



Añade Esther que Madrid es acojonante por la escala (humana). Por la cantidad de calle paseable con tiendas, bares, árboles, plazas y coches pitando porque los peatones no dejan pasar y las calzadas no están pensadas para vehiculos.







Benedetta también es arquitecta, y ha venido a Madrid con Esther a pasar unos días. Decidimos ir a la Casa de Campo, que antes formaba parte de todas la visitas guiadas a la ciudad, y que se ha quedado fuera del circuito turístico. El funicular ya no es aquella novedad para catetillos, el zoo deprime y la urbe se ha vuelto muy interesante y no te deja. Desde arriba vemos unas colonias por la Florida que forman parte de mis futuras visitas, según Esther, y ya en la Casa de Campo resolvemos volver andando, con el zumbido de las atracciones y sus gritos detrás, los pájaros tropicales que deben de haberse escapado de las jaulas, las chicharras, los tránsitos extraños de un paisaje de dehesa a otro más boscoso, y de ahí al páramo y después jardines (yo siempre he caminado en sentido inverso, recorriendo unos caminos plagados de trincheras a los que ya no sé ir, y también siguiendo algunas de las carreteras donde se ponen las putas). Centenares de latinos bebían y comían y chillaban en una explanada, o tal vez eran campos de fútbol. Una cosa buena que ha hecho el Ayuntamiento es enterrar la M-30, que funciona como un muro. Querido Gallardón, flipé cuando pude salir de la Casa de Campo a Príncipe Pío.

Dejo ahí unas cuantas fotos de la visita de Esther y Betta:


La Casa de Campo con el Parque de Atracciones al fondo.




El funicular.




La colonia por la zona de la Florida, objeto de futuras investigaciones.




Esther y Betta, bellísimas.




Yo, tan feliz que doy asco.

lunes, 3 de mayo de 2010

Cuarto día


No entiendo por qué me llega al correo del blog, que también es el de mi página web, publicidad del tipo (esto debería ser una nota al pie: lo que no entiendo, y aunque aquí se hable de Madrid, es cómo alguien se toma la molestia de ir recabando direcciones de e-mail de las webs o de los blogs para anunciar lo siguiente):

"Estamos llevando la comunicación del Centro Comercial La Vaguada de Madrid y quería informarte de que desde el 15 de abril el centro lleva a cabo diferentes actividades para celebrar el estreno de la última película de Tim Burton, Alicia en el País de las Maravillas.

Podrás customizarte en el set de maquillaje y peluquería para sentirte como uno de los protagonistas, y además llevarte una fotografía con tu nuevo look. ¡Ah! Y también hay un concurso de Caracterización, con el que podrás ganar tarjetas regalo en compras de La Vaguada."

¿Os apuntáis a costumizaros de Alicia o de conejo a La Vaguada? ¿Habéis visto la peli de Tim Burton? Yo no. Desde septiembre no piso un cine.





El día del libro me mandaron a Vallecas, a un centro cultural llamado  El sitio de mi recreo  en honor a  Antonio Vega. Se trata de un edificio cubierto por paneles oxidados, al que la gente del barrio, según me dijo la librera, conoce como El oxidado. Cogí un taxi, pues llegaba tarde, y por la carretera, coronando la villa, vi un cerro pelado que pensé que tenía que ser el del Tío Pío. Es extraño ese pedazo de tierra sin nada (o sin nada desde la carretera), como si se hubiera decretado salvar un solar en lugar de como si fuera un parque. Aunque en Madrid se les llama parques a lugares que parecen páramos. ¿Tengo yo una idea antigua, prepostpostmoderna, de lo que es un parque (= césped + árboles)? Que conste que me gustan estos especímenes, pero porque me sugieren una desolación consoladora.

El caso: que llegué a Vallecas tarareando la canción de Antonio Vega, pero que luego, cuando salí de El oxidado y me puse a andar por el barrio, lo que sonaba en mi cabeza era En blanco y negro, de Barricada. Y desde entonces no ha parado de sonar. Dice cosas como ésta:

Tengo tiempo para crecer



la ciudad parece distinta


durante horas puedo ser capaz


de emocionarme en estas calles


y andar inmortal


aprendiendo cada esquina.


Sólo quiero ser más rápido que ellos


echar todo a perder un día tras otro


y un buen rato después saber llegar a casa


antes de que el sol me diga que es de día.


Casi nunca sé dónde estoy


no me importa los días ni la dirección


te preguntarás qué coño hago aquí


dispuesto a buscar pelea si hace falta.


Porque sé que es un baile salvaje


combate a mala cara


veo todo en blanco y negro, blanco y negro.







Lo de En blanco y negro viene a cuento de lo que sigue:  David y Marta me llevaron a visitar a la Eugenia a San Nicasio, un barrio de Leganés. Escribo esto y es como si hubiese dejado de cantar el estribillo de la canción de Barricada. Un bajón. Pues eso es lo primero que se siente al llegar a Leganés: un bajón total. Vallecas tiene historia, o un algo que vibra en la calle. Leganés no parece tener historia ni nada que vibre en la calle, sino ser el epítome de algún tipo de catástrofe pequeña, cotidiana, imperceptible e indigna de ser contada.

La Eugenia es la madre de Marta, y vive en un piso atiborrado de absolutamente todas las cosas susceptibles de caber en una vivienda humilde y de adornar el escaparate de una tienda igual de humilde, de barrio dentro del barrio, de todo a cien, de chinos, de mostrador y estanterías donde ya no se puede quitar el polvo aunque se limpie, de marcos bañados en dorado que han perdido el dorado. La Eugenia era muy guapa de joven; ahora está viejuna, y en la encía superior le quedan dos dientes (a mi madre también le quedarían dos dientes si no fuera funcionaria; a mi abuela no le queda ninguno: tuvo piorrea). La Eugenia es regordeta, tiene el pelo como si hubiese estado debajo de un secador de manos, y se mueve con prisa de la cocina al salón . Me dice Marta que a su madre le gusta tener invitados, a pesar de que ella no se sienta a la mesa. Es la primera vez que yo escucho eso de "no sentarse a la mesa". Supongo que es una costumbre que aún persiste en algunas zonas rurales. Días más tarde me entero de que no se trata sólo de un asunto puertohurraqueño y ancestral: la abuela de Nere, que era una señorona de Bilbao, tampoco se sentaba a la mesa (el abuelo de Nere, que  sí se sentaba a la mesa, se aparece ahora en la cocina, o eso dicen las colombianas que tienen alquilada la casa). La Eugenia viene de una localidad cercana a Talavera. Llegó a Leganés con veintimuchos, y a los pocos meses conoció al padre de Marta. Ha tenido una vida perra que no voy a contar aquí, aunque no creo que ella lea blogs. Lo que sí voy a contar es el festín que nos dimos gracias a su laboriosidad: de entrantes, aceitunas con bicho pinchadito en un palillo y tortilla de patata, y luego arroz con setas y gambas. De postre, tarta de queso (aunque yo comí melón). Estaba todo buenísimo, Eugenia. Y me alegra que al final sí te sentaras a la mesa con nosotros.






Llegamos al barrio de Marta en el Metrosur. La última vez que lo cogí fue en 2004. Me acuerdo porque fue para presentarme a unas oposiciones que, gracias a Dios, suspendí.  San Nicasio tiene su estación; me dice M. que antes el tren pasaba por mitad del barrio, y que cuando ella era niña jugaba junto a la vía. Hoy lo único que queda de aquello es esta señal: 






El bulevar por el que pasaba la antigua vía es nuevo y silencioso,  y sus arriates están llenos de flores (mientras escribo esto me doy cuenta de que es lo más agradable que vi en Leganés, aunque no recorrí la localidad con exhaustividad, sino en plan flâneur, que es siempre una manera pija de adentrarse en los sitios). David me señala algunos edificios y me dice que en los 70 y en los 80 podían llegar a vivir varias familias en un solo piso, que el aluminio ha hecho mucho daño en el paisaje urbano, que lo que caracteriza a Madrid y a sus alrededores es la profusión de rótulos. Hay calles, afirma, en las que no se ve otra cosa. Yo agregaría: y las máquinas de aire acondicionado.








La Ciudad de los Muchachos, a la que al final no fuimos, parece el título de una novela argentina, pero es una escuela para chavales con problemas que fundó un tipo que me inquieta, al que llaman tío Alberto. Otra de las benefactoras de la villa fue Paquita Gallego, que no me inquieta, y que por lo visto puso un comedor para pobres, motivo por el cual en el paseo que lleva su nombre se alza la estatua de un pobre comiendo un plato de garbanzos (lo de los garbanzos me lo estoy inventando). Según la Wikipedia, San Nicasio es uno de los barrios más castizos y con más solera de Leganés. Cuando una escucha estas palabras espera encontrarse, por lo menos, con algo de más de un siglo, pero por estos lares lo más castizo es el desarrollismo franquista. De tiempos más remotos sólo quedan unas cuantas ermitas y el cuartel de Saboya, convertido hoy en la Universidad Carlos III. También persiste en su ser, o eso parece, el marco de granito de la casa en la que Juan de Austria estuvo de extranjis.






¿Qué hacía Marta cuando vivía en Leganés? Iba a un bar llamado Iskariote. Iba con sus hermanas a la vía. Iba a la plaza del pueblo y se sentaba con sus amigas en un banco a comer pipas y a esperar a que alguno de los chicos que se sentaban en los bancos de enfrente le pidiera rollo. Yo también me acuerdo de lo de pedir rollo: en septiembre, cuando volvíamos al colegio, nos contábamos cuántos nos habían pedido rollo durante el verano, y también las veces en las que habíamos dicho que sí, y lo salados que estaban los besos con sabor a cáscara de pipas. También me acuerdo del reservado de las discotecas, en el que sólo se veían las cabezas de los cigarros describiendo trayectorias extrañas e iluminando brevemente el rostro del que daba una calada.


Me llama la atención la ropa que cuelga en las ventanas:






O más exactamente: me llama la atención que nadie se lleve la ropa, que un preadolescente no escupa en las bragas que se va a poner la abuela. A mí me educaron con aquello de que la confianza da asco.

A David y a mí nos sorprende que tanto Madrid como el cinturón estén plagados de edificios costeros. No sé si ésta es una percepción de los que nos hemos criado junto al mar, ni si los madrileños comentan lo raro que es toparse con edificios como los de Leganés cuando se pasean por Gandía o por Benalmádena. La primera vez que tuve la impresión de estar en Torremolinos en lugar de en Madrid fue yendo al edificio de Santillana (este fenómeno sólo ocurre tras atravesar la M-30). Desde el metro hay que subir una cuesta  en la que construcciones feas, inmensas y rodeadas de jardines sugieren que el Mediterráneo está a la vuelta de la esquina. He aquí un ejemplo más modesto, como corresponde a Leganés:





Dice David: "La diferencia es que en Alicante un edificio así estaría hoy vacío". No le pregunto por qué.

Ilustro a continuación algunas de las cosillas mencionadas:


El horrible aluminio, del que David se queja amargamente.




Más ropa que me demuestra que la confianza no tiene por qué dar asco.



Un edificio del paseo Paquita Gallego.




La pintada con orgullo de barrio (que es una muestra del universal buen resultado que da lo de hacer de la necesidad virtud).



Acabamos el paseo en la Feria de Abril de Leganés. Somos ya mayores y nos sentimos temerosos ante El martillo o El barco pirata. Lo que cayó fue la noria:







Con tantas vueltas no nos atrevimos luego a probar las cocretas ni las puntillitas. Tampoco escuchamos a los Esencia, que son esos tíos que hay debajo del luminoso.






Gracias, Marta y David. Gracias, Eugenia.

jueves, 22 de abril de 2010

Inciso 4






ESTE TEXTO ME LO HA ENVIADO CHARO:

Tu blog está teniendo en mí efectos colaterales inauditos, pues me he puesto a buscar a mi tía Jeanette, que así se llama mi tía de Tetuán, y de momento no la pillo en su piso. Es verdad que es muy habladora, tanto que cuando me llamaba, viviendo yo en Madrid, me acostumbré a hacer algo muy borde, que era, por ejemplo, dejarla hablando en el teléfono y hacer mientras yo la tortilla para la cena de Fabio. Luego volvía y allí estaba mi tía Jeanette, que no había percibido mi ausencia. Jose me decía que yo era una borde, pero eso nunca trajo problemas. Ella es una mujer admirable: nació en Francia, de ahí el nombre, era hija de una hermana de mi abuela paterna que emigraron de Riotinto a Francia. Luego su madre estuvo enferma, y ella cuidó de ella y de sus cinco hermanos varones en ese piso minúsculo de Tetuán. Lo que me impresionaba de pequeña es que esos hermanos hicieron fortuna, uno de ellos llegó a ser un empresario con un montón de inmuebles -edificios enteros- de su propiedad, pero a ella no la ayudaron a salir de la miseria. Sucedió que se casó con un hombre humilde y orgulloso a la vez, Eusebio, alguien a quien tú definirías como una persona con criterio, al que su hermano rico puso a descargar camiones y trató de manera humillante. Eusebio no aguantó; se despidió del trabajo y se metió a trabajar duro en una cantera de mármol de las afueras de Madrid durante toda su vida. Era un hombre interesante, que gastaba su tiempo libre yendo al museo del Prado una y otra vez, apreciando como un experto en arte las pinturas de los maestros. Me parecía alguien muy profundo, austero, marmolista pero interesado en el arte por encima de todo. Me parecía increíble que mi tía, con esos hermanos, siguiese viviendo allí, y que su hermano Emilio el ricachón, después de haber sido criado por ella y haber ascendido en parte gracias a ella, no les hubiese dado un puto piso en condiciones. Porque odiaba a ese cuñado pobre que le había plantado cara. Pero ella siempre justificaba estas actitudes porque los quería como la madre que fue para ellos. Y había tanta dignidad en esa casa pobre, y eran tan maravillosos sus cocidos, y ella tan generosa acogiendo a todo el mundo... Tuvo un hijo maravilloso, mi primo Fernando, al que recuerdo lleno de vitalidad. Murió por la heroína, pero ella crió a la niña que él dejó. Y luego la pequeña fue madre adolescente y también se metió con su niña en el piso de Tetuán. Por eso digo que hay mucho que aprender de esas mujeres. Y que tu blog me haya hecho pensar de nuevo en ella, a la que ví llorando de emoción cuando mis padres la llevaron, ya mayor, a conocer el mar en Punta Umbría...

Espero volver pronto y presentártela, aunque ahora su hija mayor se la lleva mucho a Palma.

Pero gracias, gracias por haberme hecho volver a mi tía, esa mujer especial y sobre todo bondadosa.
 
Charo