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lunes, 3 de mayo de 2010

Cuarto día


No entiendo por qué me llega al correo del blog, que también es el de mi página web, publicidad del tipo (esto debería ser una nota al pie: lo que no entiendo, y aunque aquí se hable de Madrid, es cómo alguien se toma la molestia de ir recabando direcciones de e-mail de las webs o de los blogs para anunciar lo siguiente):

"Estamos llevando la comunicación del Centro Comercial La Vaguada de Madrid y quería informarte de que desde el 15 de abril el centro lleva a cabo diferentes actividades para celebrar el estreno de la última película de Tim Burton, Alicia en el País de las Maravillas.

Podrás customizarte en el set de maquillaje y peluquería para sentirte como uno de los protagonistas, y además llevarte una fotografía con tu nuevo look. ¡Ah! Y también hay un concurso de Caracterización, con el que podrás ganar tarjetas regalo en compras de La Vaguada."

¿Os apuntáis a costumizaros de Alicia o de conejo a La Vaguada? ¿Habéis visto la peli de Tim Burton? Yo no. Desde septiembre no piso un cine.





El día del libro me mandaron a Vallecas, a un centro cultural llamado  El sitio de mi recreo  en honor a  Antonio Vega. Se trata de un edificio cubierto por paneles oxidados, al que la gente del barrio, según me dijo la librera, conoce como El oxidado. Cogí un taxi, pues llegaba tarde, y por la carretera, coronando la villa, vi un cerro pelado que pensé que tenía que ser el del Tío Pío. Es extraño ese pedazo de tierra sin nada (o sin nada desde la carretera), como si se hubiera decretado salvar un solar en lugar de como si fuera un parque. Aunque en Madrid se les llama parques a lugares que parecen páramos. ¿Tengo yo una idea antigua, prepostpostmoderna, de lo que es un parque (= césped + árboles)? Que conste que me gustan estos especímenes, pero porque me sugieren una desolación consoladora.

El caso: que llegué a Vallecas tarareando la canción de Antonio Vega, pero que luego, cuando salí de El oxidado y me puse a andar por el barrio, lo que sonaba en mi cabeza era En blanco y negro, de Barricada. Y desde entonces no ha parado de sonar. Dice cosas como ésta:

Tengo tiempo para crecer



la ciudad parece distinta


durante horas puedo ser capaz


de emocionarme en estas calles


y andar inmortal


aprendiendo cada esquina.


Sólo quiero ser más rápido que ellos


echar todo a perder un día tras otro


y un buen rato después saber llegar a casa


antes de que el sol me diga que es de día.


Casi nunca sé dónde estoy


no me importa los días ni la dirección


te preguntarás qué coño hago aquí


dispuesto a buscar pelea si hace falta.


Porque sé que es un baile salvaje


combate a mala cara


veo todo en blanco y negro, blanco y negro.







Lo de En blanco y negro viene a cuento de lo que sigue:  David y Marta me llevaron a visitar a la Eugenia a San Nicasio, un barrio de Leganés. Escribo esto y es como si hubiese dejado de cantar el estribillo de la canción de Barricada. Un bajón. Pues eso es lo primero que se siente al llegar a Leganés: un bajón total. Vallecas tiene historia, o un algo que vibra en la calle. Leganés no parece tener historia ni nada que vibre en la calle, sino ser el epítome de algún tipo de catástrofe pequeña, cotidiana, imperceptible e indigna de ser contada.

La Eugenia es la madre de Marta, y vive en un piso atiborrado de absolutamente todas las cosas susceptibles de caber en una vivienda humilde y de adornar el escaparate de una tienda igual de humilde, de barrio dentro del barrio, de todo a cien, de chinos, de mostrador y estanterías donde ya no se puede quitar el polvo aunque se limpie, de marcos bañados en dorado que han perdido el dorado. La Eugenia era muy guapa de joven; ahora está viejuna, y en la encía superior le quedan dos dientes (a mi madre también le quedarían dos dientes si no fuera funcionaria; a mi abuela no le queda ninguno: tuvo piorrea). La Eugenia es regordeta, tiene el pelo como si hubiese estado debajo de un secador de manos, y se mueve con prisa de la cocina al salón . Me dice Marta que a su madre le gusta tener invitados, a pesar de que ella no se sienta a la mesa. Es la primera vez que yo escucho eso de "no sentarse a la mesa". Supongo que es una costumbre que aún persiste en algunas zonas rurales. Días más tarde me entero de que no se trata sólo de un asunto puertohurraqueño y ancestral: la abuela de Nere, que era una señorona de Bilbao, tampoco se sentaba a la mesa (el abuelo de Nere, que  sí se sentaba a la mesa, se aparece ahora en la cocina, o eso dicen las colombianas que tienen alquilada la casa). La Eugenia viene de una localidad cercana a Talavera. Llegó a Leganés con veintimuchos, y a los pocos meses conoció al padre de Marta. Ha tenido una vida perra que no voy a contar aquí, aunque no creo que ella lea blogs. Lo que sí voy a contar es el festín que nos dimos gracias a su laboriosidad: de entrantes, aceitunas con bicho pinchadito en un palillo y tortilla de patata, y luego arroz con setas y gambas. De postre, tarta de queso (aunque yo comí melón). Estaba todo buenísimo, Eugenia. Y me alegra que al final sí te sentaras a la mesa con nosotros.






Llegamos al barrio de Marta en el Metrosur. La última vez que lo cogí fue en 2004. Me acuerdo porque fue para presentarme a unas oposiciones que, gracias a Dios, suspendí.  San Nicasio tiene su estación; me dice M. que antes el tren pasaba por mitad del barrio, y que cuando ella era niña jugaba junto a la vía. Hoy lo único que queda de aquello es esta señal: 






El bulevar por el que pasaba la antigua vía es nuevo y silencioso,  y sus arriates están llenos de flores (mientras escribo esto me doy cuenta de que es lo más agradable que vi en Leganés, aunque no recorrí la localidad con exhaustividad, sino en plan flâneur, que es siempre una manera pija de adentrarse en los sitios). David me señala algunos edificios y me dice que en los 70 y en los 80 podían llegar a vivir varias familias en un solo piso, que el aluminio ha hecho mucho daño en el paisaje urbano, que lo que caracteriza a Madrid y a sus alrededores es la profusión de rótulos. Hay calles, afirma, en las que no se ve otra cosa. Yo agregaría: y las máquinas de aire acondicionado.








La Ciudad de los Muchachos, a la que al final no fuimos, parece el título de una novela argentina, pero es una escuela para chavales con problemas que fundó un tipo que me inquieta, al que llaman tío Alberto. Otra de las benefactoras de la villa fue Paquita Gallego, que no me inquieta, y que por lo visto puso un comedor para pobres, motivo por el cual en el paseo que lleva su nombre se alza la estatua de un pobre comiendo un plato de garbanzos (lo de los garbanzos me lo estoy inventando). Según la Wikipedia, San Nicasio es uno de los barrios más castizos y con más solera de Leganés. Cuando una escucha estas palabras espera encontrarse, por lo menos, con algo de más de un siglo, pero por estos lares lo más castizo es el desarrollismo franquista. De tiempos más remotos sólo quedan unas cuantas ermitas y el cuartel de Saboya, convertido hoy en la Universidad Carlos III. También persiste en su ser, o eso parece, el marco de granito de la casa en la que Juan de Austria estuvo de extranjis.






¿Qué hacía Marta cuando vivía en Leganés? Iba a un bar llamado Iskariote. Iba con sus hermanas a la vía. Iba a la plaza del pueblo y se sentaba con sus amigas en un banco a comer pipas y a esperar a que alguno de los chicos que se sentaban en los bancos de enfrente le pidiera rollo. Yo también me acuerdo de lo de pedir rollo: en septiembre, cuando volvíamos al colegio, nos contábamos cuántos nos habían pedido rollo durante el verano, y también las veces en las que habíamos dicho que sí, y lo salados que estaban los besos con sabor a cáscara de pipas. También me acuerdo del reservado de las discotecas, en el que sólo se veían las cabezas de los cigarros describiendo trayectorias extrañas e iluminando brevemente el rostro del que daba una calada.


Me llama la atención la ropa que cuelga en las ventanas:






O más exactamente: me llama la atención que nadie se lleve la ropa, que un preadolescente no escupa en las bragas que se va a poner la abuela. A mí me educaron con aquello de que la confianza da asco.

A David y a mí nos sorprende que tanto Madrid como el cinturón estén plagados de edificios costeros. No sé si ésta es una percepción de los que nos hemos criado junto al mar, ni si los madrileños comentan lo raro que es toparse con edificios como los de Leganés cuando se pasean por Gandía o por Benalmádena. La primera vez que tuve la impresión de estar en Torremolinos en lugar de en Madrid fue yendo al edificio de Santillana (este fenómeno sólo ocurre tras atravesar la M-30). Desde el metro hay que subir una cuesta  en la que construcciones feas, inmensas y rodeadas de jardines sugieren que el Mediterráneo está a la vuelta de la esquina. He aquí un ejemplo más modesto, como corresponde a Leganés:





Dice David: "La diferencia es que en Alicante un edificio así estaría hoy vacío". No le pregunto por qué.

Ilustro a continuación algunas de las cosillas mencionadas:


El horrible aluminio, del que David se queja amargamente.




Más ropa que me demuestra que la confianza no tiene por qué dar asco.



Un edificio del paseo Paquita Gallego.




La pintada con orgullo de barrio (que es una muestra del universal buen resultado que da lo de hacer de la necesidad virtud).



Acabamos el paseo en la Feria de Abril de Leganés. Somos ya mayores y nos sentimos temerosos ante El martillo o El barco pirata. Lo que cayó fue la noria:







Con tantas vueltas no nos atrevimos luego a probar las cocretas ni las puntillitas. Tampoco escuchamos a los Esencia, que son esos tíos que hay debajo del luminoso.






Gracias, Marta y David. Gracias, Eugenia.

martes, 13 de abril de 2010

Tercer día: sobre la inminente extinción + Urban

Lo que hago aquí me da algo de complejo de españoles por el mundo, de programa de tele, de guía turística con aspiraciones entre ridículas y pretenciosas. Por otra parte, pienso que no está nada mal que, en lugar de buscar elementos con los que destacar (que es lo que hacemos parte de los que escribimos), procure no destacarme en absoluto, ser una española por el mundo (por Madrid en este caso), un programa de tele, un folleto, una guía turística con aspiraciones entre ridículas y pretenciosas.

En un post anterior mencioné un blog cojonudo, Urban Idade: memorias de las redes urbanas, que administra alguien que se hace llamar Enrique Fidel. Dije que, si me animaba, le escribiría. Pues bien, lo hice, y hubo suerte: hoy E. F., quien me ha dicho que le llaman K., pero que aquí será Urban, me ha llevado a dar un paseo por Tetuán.






Es raro quedar con alguien al que no has visto en tu vida. Yo sólo lo he hecho tres veces, y la sensación ha sido parecida: la de que un todo-siempre-extremo es posible (lo que no es extremo no acude a mi mente, que necesita de estímulos fuertes para mantenerse alerta).  Luego no ocurre nada extremo, aunque en esta ocasión el encuentro ha sido más que interesante. Urban es un gran conocedor de la parte norte de la ciudad. Dice que es porque siempre ha vivido allí. Se sabe la Historia, los nombres de los arquitectos, el tipo de población que ha rulado por los barrios. Me ha dicho: "Siempre hay algo que a primera vista te llama la atención, y eso no es ninguna casualidad". Cuando descubrí su blog pensé que sus fotos eran las que yo haría, y hoy me faltó gritar eureka, pues aquel pensamiento (o más bien visión)  no fue ninguna casualidad.

Además de lo catalogable en Wikipedia, archivos y demás, Urban es una suerte de descubridor  de lo extraño, de aquello en lo que nadie repara, de lo que está a punto de extinguirse, de lo precario, de lo que no es digno de mención. De lo que a mí me interesa. Su búsqueda es la de la identidad de los barrios, que es como querer guardar el agua entre las manos, especialmente en Madrid, donde no hay más política que la explotación. Es decir: la de conservar el centro y dejar que se degraden (para "mejor" construir) las zonas adonde no acuden ni turistas ni políticos. Dice Urban, a quien escriben casos desesperados e inútiles de gente que resiste en inmuebles que van a derruir, que no se trata de conservar por conservar, sino de respetar el territorio, de no dejar que se destruya. Si en lugar de echarlas abajo, se arreglaran las viejas construcciones, tal vez tendríamos una forma más saludable de habitar, y los barrios no darían la impresión de ser meros almacenes de cuerpos. 

La cita era en la esquina del McDonald's de Cuatro Caminos. No recuerdo bien el orden, y quizá trastoque un poco las palabras de Urban, aunque no me importa demasiado la precisión. Primero me ha señalado un edificio de ladrillo visto en la glorieta. "Eso sabrás lo que es", y yo he dicho "Sí", aunque no tenía ni idea. Llevo viendo ese edificio desde que llegué a Madrid, y nunca me he preguntado qué demonios alberga. Urban me lo ha dicho y, por supuesto, ya se me ha olvidado. No tengo retentiva de tipo enciclopédico y/o erudito y, repito, no pretendo aquí precisiones (eso me llevaría a tener que darle al Google todo el rato). Creo en cualquier caso que el arquitecto era el mismo que el de la Residencia de Estudiantes, Antonio Flórez Urdapilleta (cuya idea de la arquitectura era muy de la Institución Libre de Enseñanza), y el tipo de ladrillo un anticipo de lo que íbamos a ver en versión humilde, a saber: el ladrillo de hace algo más de un siglo, con el que los que emigraban a Madrid se construían, en ocasiones, sus propias casas, algunas de las cuales permanecen aún en pie (según Urban). Otro de los edificios de dicho arquitecto, muy parecido al Pabellón Central y al Trasantlántico de la resi, es el CEIP Jaime Vera, en Bravo Murillo:





Al lado otro edificio al parecer insigne, en el que yo no había reparado jamás, el antiguo cine Europa, que hoy es esto:





Callejeamos un rato. Primero vemos un acueducto que forma parte del Canal de Isabel II, y luego llegamos a la calle Avelino Montero Ríos, en la que Urban quiere mostrarme unos adosados de ladrillo que se conservan bien:





Me dice: "Fíjate en qué pequeño es el espacio". En la acera de enfrente han derribado uno de estos adosados para levantar un edificio moderno que me gusta porque rompe el entorno de manera constructiva, aunque por supuesto eso no es lo habitual. Ya en Fuencarral vi una construcción de este tipo, que no se encuentra por el centro, o no con este descaro. Supongo que es una alternativa al tipo de edificación masiva e insulsa de los barrios:




   


Callejeando un poco más, llegamos a otros dos modestos hitos:  la casa de Marceliano Santa María, un pintor que no vivía nada mal, y, si no me equivoco, un edificio de viviendas para obreros de la Constructora Benéfica, creo que en la calle Tenerife:







Nos colamos en el edificio de la Constructora Benéfica, que tiene un patio hermoso y carcelario:





El Tetuán más cercano a Cuatro Caminos es un batiburrillo de edificios de diversa índole que, en general, están bien conservados. Urban me dice que en los 60 el barrio estaba igual que en 1900, y que él aún recuerda cuando todo eran casas bajas, similares a estas de la calle Pinos Alta, donde había una academia de baile:


  


La degradación es mayor conforme subimos en dirección a Plaza de Castilla. Urban me habla de los edificios ocupados tanto por profesionales del asunto, los okupas, como por inmigrantes o familias. Tapiar las puertas y las ventanas no sirve de nada; la gente las rompe y se instala en las casas:



 





Este fenómeno es tan habitual que los inmuebles con pinta de estar desocupados tienen que poner carteles para avisar a los cazadores de techos:



Degradación a mansalva y un improvisado huerto comunal en un solar:
















Llegamos hasta La Ventilla, cuya historia está aquí.

Gracias, Urban.

domingo, 14 de marzo de 2010

Segundo día

A los 15 años mi padre pasó una noche en Fuencarral. Vendía telas, y había ido a visitar a un hombre que completaba su jornal cosiendo trajes. Se le hizo tarde y se quedó sin tranvía, y el hombre, que no le compró ninguna tela, le consiguió alojamiento en una casa particular. Hablo de 1958.




Es Marta la que pone en duda mi concepto de periferia. Me dice: "Para los de Leganés, la periferia no era Aluche, éramos nosotros". También me tambaleé cuando Juan P. me dijo: "en mi libro hay un cuento dedicado a Plaza de Castilla". Pensé: ¿pero Plaza de Castilla es periferia? ¿No son las torres Kio y sus nuevas vecinas lo que busco desde lejos, entre la nube de polvo y contaminación, hasta el punto de que, si me faltan, no puedo soltar a gusto: Madrid? La pregunta evidencia mi noción de periferia: todo lo que no funciona como identificador de la ciudad. No es que los barrios no dejen su impronta, lo que ocurre es que, si no se vive en ellos, forman parte del espacio urbano como un todo, como una gran panorámica de color ladrillo y con descampados donde estamos dispuestos a creer que tenemos el don de la ubicuidad. David dice que se tiende cada vez más a hacer una vida centrífuga, y que los límites sólo pueden ser itinerantes: "hay quienes los ponen en Plaza Elíptica, pues de ahí salen autobuses a Leganés, a Móstoles, a Parla". También dice que la periferia sólo puede definirse con relación a un concepto, y que si lo hacemos desde las políticas culturales que se destinan a los barrios, concluiríamos que Madrid sólo tiene cuatro distritos: los que salen en el mapa de El Corte Inglés que encontramos en las recepciones de los hoteles y de los colegios mayores. Es decir: el centro y poco más.

Cojo la línea 10 en Tribunal y bajo donde nunca lo he hecho: en Fuencarral. Me cuesta moverme. Ayer me levanté griposa, y aunque no tengo fiebre, siento un peso caliente en la cabeza y en las extremidades (mientras escribo esto, mis neuronas amenazan con declarar una huelga sin servicios mínimos). Salgo a la calle Fuente Chica esperando encontrarme con una fuente.  La culpa de todo ya no es de Yoko Ono, sino de la Wikipedia. Llevo a mi padre en la cabeza, que llegó a Madrid el 30 de diciembre de 1948, a los 5 años, y que se fue a Badalona en 1961 (las fechas no las llevo en la cabeza; me las ha dicho luego, porque le encanta alardear de su memoria). Cuando le tocó hacer noche aquí, Fuencarral aún era un pueblo, y él tenía el dinero justo para el tranvía. Tal vez no lo alojaron gratis, sino a cambio de algunas telas.  El caso: busco la fuente, y tomo la calle Badalona no por mi padre, sino porque me parece la más atractiva. Pregunto a una señora mayor que sacude un trapo en una ventana por Plaza de Castilla (mi idea es callejear hacia el cuento de Juan P.). La señora es muy amable y me dice que queda lejos. Yo aprovecho para contarle qué hago aquí. Cuando me despido, siento no haberle preguntado por la fuente, y abordo a una chica que debe de ser de mi edad, y que está embarazada. La chica saca su orgullo y me dice que el verdadero Fuencarral, el de toda la vida,  no es esto, sino que está más arriba, a partir de la Iglesia de Nuestra Señora de Valverde ("mi virgencita, lo más importante del barrio"). La única fuente de la que ha oído hablar es un parque al que se le conoce como Fuente Piejo o Fuente Piojo (no lo dudo sólo yo al escribirlo, la chica también al pronunciarlo). Allí lleva todos los días a su perro. Con ella no puedo sincerarme como con la señora mayor; me parece que va a pensar que estoy loca si le digo que me dedico a pasearme por los barrios, y le suelto que soy periodista y que estoy escribiendo un artículo (el termómetro marca ya más de 37 y medio: ¿es esto fiebre?).

No hay fuente, pero escucho el agua que baja por las alcantarillas durante mi ascenso por Divina Pastora, donde me topo con Ñam-ñam, un comedor escolar dedicado a la educación alimentaria, con su plaquita de autorización de la Comunidad de Madrid. Cierto que a partir de aquí muchas calles son pueblo: casas bajas, silencio, alguna que otra silla junto a la puerta  porque el sol pica, tendederos de los que podríamos llevarnos un arrugado botín de batas floreadas y medias. Tiene razón la chica al darle tanta importancia a su virgencita: la calle principal se llama como la Iglesia, Nuestra Señora de Valverde, y supongo que la calzada que la cruza es la antigua carretera nacional. La incipiente gripe me mantiene pegada a estos hitos urbanos, aunque a ratos me olvido. Por ejemplo: llego a un parque que tal vez sea  Fuente Piejo o Fuente Piojo, candidato a marcar el límite de Fuencarral. Desde la colina, a la derecha, se avista tierra yerma, como escarbada y vuelta a poner, con montoncitos de escombros y grúas; a la izquierda, edificios y chalets nuevos, de los de tejado de pizarra y dos plantas que (me) producen desazón. El fin del fin es la sierra, y lo que me interesa es una casa vieja, de esas que quedan como reliquia en las afueras. De lejos parecen ruinas pero, si te acercas, siempre descubres un huerto, y que las han encalado hace poco. En ésta había, además, una fregona secándose entre los barrotes de una ventana y un caminillo franqueado por cactus. Nunca he conocido a nadie que sea dueño de una casa de estas, y me gustaría.

Otros hitos: la Casa Grande de Fuencarral, una suerte de palacio-cortijo en toda regla (he encajado el ojo en la cerradura de la puerta trasera); la bodega Pedro, de 1825 (entraba una mujer parecida a Pilar Bardem), una antigua ¿fabrica, tienda? de "jabón de Castilla" y "aceites de oliva" llamada Juan del Pozo (me he preguntado si tendría algo que ver con Jesús del Pozo). Para volver, he cogido el SE, y cerca de la Plaza de Castilla, en la calle Enrique Larreta,  había una placa que decía: "pluma que alcanzó la órbita trascendente de lo hispánico".

El termómetro marca 38 y unas décimas. Esto ya es fiebre. Lo dejo sin PARA EL CÓMIC, qué rabia. Y no quiero tomar antibiótico.  Espero no acabar delirando nombres de calles.

domingo, 7 de marzo de 2010

Primer día


Cojo el C2 en Moncloa. A la altura de Príncipe Pío, me doy cuenta de que el plan inicial era tomar un autobús en Marqués de Vadillo para subir General Ricardos. O mejor: tomar un autobús que lleva a un cerro con un solar, donde llegué un día de verano, cuando vivía en Carabanchel y tenía un novio en el Alto de Extremadura. Ignoro qué autobús es, y si en verdad no lo tomé en la zona del Alto y no por mi antiguo barrio. Por un instante pienso que lo he soñado; sin embargo, recuerdo con demasiada nitidez el trayecto de vuelta en ese mismo autobús. No sé  a santo de qué guardo una imagen tan precisa de algo tan trivial: una madre y una niña sentadas delante de mí, y a la izquierda una mujer con rasgos del este. No había nadie más. Hacía mucho calor, y apuesto cualquier cosa a que era domingo, como hoy.

El caso: en Príncipe Pío me doy cuenta de que el C2, que hace años que no me lleva a ningún sitio, me deja en Virgen del Puerto, y no junto al puente de Toledo. Da igual. No es verano, y tampoco puedo aspirar a encontrar aquel cerro. El Manzanares alza un vuelo parecido al de una paloma coja, a pesar de que ha llovido todo el invierno. Me da un poco de pena. Al Paseo de Extremadura sólo he vuelto tres veces en los últimos... ¿seis años? Una vez para cenar en un colombiano que da al río; las otras dos,  para comer dim sum en Don Lay, un chino con pinta de asador.

El plan es barrer la periferia, todavía no sé con qué fin. Desde siempre me ha gustado caminar, y hace meses que siento la necesidad de recorrer de una manera más o menos exhaustiva los barrios de Madrid. Se trata de un impulso creativo, pues buena parte de mi escritura se alimenta de espacios limítrofes e indefinidos. Sin embargo también hay, y eso es raro en mí, el deseo de un saber "objetivo" (normalmente, para escribir, me bastan las impresiones). Tengo vagas nociones de cuándo se levantaron los barrios y de lo que fue el desarrollismo. Supongo que no debe de ser complicado armar la historia del cinturón, trazar un mapa humano y de arquitectura. Habrá libros, tesis y artículos sobre ello. Tengo un par de amigo arquitectos que tal vez puedan decirme por dónde empezar.



El 39 une Ópera con la Colonia San Ignacio de Loyola. Lo he tenido que mirar en la Wikipedia, porque se me había olvidado. Me llaman la atención los viejos cuarteles a ambos lados de la carretera, con una iglesia con pinta de estar abandonada. No recordaba esos cuarteles, semejantes al manicomio que hay en General Ricardos. De repente, dudo de que los cuarteles sean en verdad cuarteles (los recuerdo así de la época de mi antiguo novio,  con cuya hermana íbamos al Ikea), e ídem con lo del manicomio. Sólo puedo nombrar esto de mi ascensión matutina: la Casa de Campo, que se ve al final de las calles de la derecha, la entrada al zoo, carteles para Cuatro Vientos (me viene a la cabeza la visita del Papa y la ciudad forrada con pancartas a favor y en contra). Voy de pie en el bus; siento cierto gusto en que suban viejos, en que vayan pobremente vestidos, en que uno hable con el chófer de la misma manera en que los viejos de mi pueblo hablan en la calle, o en el bar. Yo soy un poco de pueblo, y otro poco de ciudad. Bajamos en lo que supongo que es la Colonia San Ignacio de Loyola, y camino hasta la avenida del General Fanjul. Lo de hoy es sólo una pequeña toma de contacto. En General Fanjul cojo el 17, que ya me lleva por lugares familiares: Aluche, Carpetana, el parque de Carabanchel. No sé si el parque se llama así; yo siempre me he referido a él con este nombre. Según mi antiguo novio, el parque de Carabanchel se hizo para mandar a la porra o a algún sitio peor el poblado de los Cármenes. Pasamos también por Eugenia de Montijo. En la calle Ocaña pienso que no puede haber otros nombres mejores para la periferia sur. No marcan sólo caminos, sino procedencias. Imagino a la gente de Ocaña que lleva siglos viviendo en Carabanchel, cuya estación de metro conserva el cartelillo antiguo.



Pensaba que esto iba a ser un mero registro, o un cuaderno de notas, o un diario ligero, pero me he marcado una señora entrada. Da igual. Tal vez se trate del entusiasmo del primer día.

Otra cosa: no pretendo cuidar el estilo. Que salga como quiera.

PARA EL CÓMIC: Asocio el ferry con un edificio cualquiera de los que veo, y pienso en que la forma de las ventanas es similar a la fachada lateral de ciertos inmuebles. Visualizo un edificio en el mar, pero es una imagen demasiado fácil. Luego veo al personaje aún anónimo diciéndose esto mientras recorre el ferry. Es una mujer, y trasmite una frialdad mesurada, tranquilizadora, razonable. Está haciendo cábalas sobre lo que observa, que a su vez también es frío: material blanco, sucio; un ligero olor a suela mojada, a sudor, a patatas fritas y a pescado.


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