martes, 22 de abril de 2014

El futuro










Esta fotografía lleva conmigo desde el pasado diciembre. Primero en el bolso y luego sobre mi escritorio, recordándome lo que quería contar, los meses que lleva parado este blog, las fotografías sobre las que alguna vez me proyecté y que siguen siendo futuro porque nunca cumplimos con literalidad nuestras proyecciones. Las cumplimos torcidamente, con un sentido muy otro que incluye lo que pensábamos que estaba fuera de esa foto, de nosotros; la mitad tuya y mía está hecha de eso, de ese Pero yo no. De desprecio.

La fotografía es un clásico de los álbumes de fotos de nuestros padres, que se habían comprado el piso en el nuevo barrio, en los setenta o en los ochenta. Gracias a ella, durante estos últimos meses me he estado acordando de Charo y Jose. La foto era suya; me la dieron tras una comilona en su casa. No sé si la sacaron de la caja de los retratos prohibidos, en los que posaban bellísimos, tan los ochenta y tan en Madrid. Cuando vi esos edificios de la foto, con pinta de recién alzados, pregunté que dónde, y ellos me dijeron que no estaban seguros, pero que seguramente Vallecas y  Palomeras. Ahora que sigo mirando la imagen mi  atención se va de los edificios a los huecos, que me producen cierta sensación de libertad, como si en lugar de estar construyéndose, la ciudad hubiera estado desarmándose y el proyecto para el futuro hubiese consistido en dotar a la urbe de espacios que no estuvieran predefinidos, que sirvieran para lo que cada cual se inventara.

¿Por qué siempre presuponemos felicidad en las imágenes del pasado, como si lo perdido se equipara a lo bueno (por su condición de perdido)? ¿Quizá no sea tanto la idealización de lo perdido como la inocencia de un instante todavía no contaminado por su devenir? ¿O se trata de que es imposible no proyectarnos en el futuro a través del pasado, y entonces esa felicidad es preventiva, el cinturón de seguridad de la vida, donde los golpes y los accidentes ocurren porque el coche no para?
 
La fotografía me lleva también a la película El futuro. Lo que se cuenta en este film vale en cierto modo para todas las proyecciones que hacemos sobre las imágenes del pasado, con la salvedad de que estas proyecciones son nostálgicas. De adolescentes creemos en la nostalgia, o necesitamos de ella para llegar a ser adultos. La nostalgia permite apreciar acríticamente casi todo, y eso es fundamental para precipitarse en los ritos de iniciación.
 
El futuro, de Luis López Carrasco, narra una fiesta de los ochenta que podría estar ocurriendo ahora, es decir, que va de un pasado que se extiende, y que por tanto deja de ser pasado para convertirse en presente y en futuro. Esa fiesta nos produce cierto asco y no poca inquietud: su condición de presente y futuro anula la nostalgia, es decir, su equiparación con lo bueno. Hay aquí una intención política, claro; no obstante, incluso sin esa intención el efecto habría sido el mismo, pues lo que abole el film son las condiciones de posibilidad de toda nostalgia.
 
 
 
 
 
Y en fin, que la fotografía que es el leitmotiv de este post no estaba tampoco muy lejos de El falso techo, poemario de Erika Martínez desde hace meses al alcance de mi mano, y que resulta ir casi de lo mismo que El futuro, esto es, de ese pasado que es un hoy que fue un mañana. Por ejemplo:
 
PROTECCIÓN OFICIAL
 
Me subvencionaron hasta hacer de mí
un producto ejemplar
de la socialdemocracia,
tuétano de infancia con monjas,
contestona sin decibelios,
curiosa, voluntarista,
mujer que asoma la cabeza,
soy un monstruo.
 
Como dedicatoria, Erika me pegó en la primera página de su libro una imagen muy de protección oficial pop que yo diría que es también la poética del poemario, pues en él la denuncia no está hecha desde la gravedad que se le presupone a una obra política, sino, y por su tono, como si fuera una canción pop (ligereza de las viviendas VPO; también lo pop como la ilusión de protección del mercado: esos productos que comprábamos alegremente no podían hacernos jamás daño). Esto me lleva a lo que Susan Sontag anotó en su diario sobre España y el pop en 1964: "Arte pop: solo es posible en una sociedad próspera, donde se puede ser libre de disfrutar del consumo irónico. Así, hay arte pop en Inglaterra -pero no en España, donde el consumo es aún demasiado serio". ¿Manolo Escobar, Los Brincos o Lola Flores eran consumo serio? ¿El Equipo Crónica no hacía arte pop?
 
Aquí la imagen que pegó Erika en mi ejemplar de El falso techo:
 
 
 
 
 
 Gracias.


CODA:
Tras leer esta entrada, me comenta Norberto Spagnuolo en Facebook lo siguiente a propósito de las nuevas viviendas de la fotografía: "1979/1990. Se desarrolla merced al empuje de las asociaciones de vecinos de todo el arco sud-este/sud-oeste de Madrid la recuperación de los derechos sobre el uso del suelo de los poblados de ocupación por derecho habitacional histórico. Ministerio de la Vivienda dirigido por la UCD, luego por los socialistas (IVIMA/COPLACO). Tierno Galván en el ayuntamiento. Antes de la transición, todos esos barrios (casi 300.000 personas), estaban destinados a desaparecer en honor de los vinculados al poder que querían desarrollar nuevos polígonos de ocupación por las clases medias a través de programas específicos de desarrollo. Se ganan los recursos, se trabaja en las asociaciones y federaciones de vecinos, y se consigue la "renovación de barrios", con permanencia de los vecinos históricos y adscripción de otros inmigrantes internos, básicamente gitanos, habitantes de chabolas, etc. Además se crean comisiones de control y seguimiento con generación de empleos, finalmente se entregan las viviendas a cambio de alquileres o precios ajustados". Y Luis López Carrasco me pasa el documental, que yo desconocía, "La ciudad es nuestra":
 

 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La desarticulación de la ciudad: las Tres Mil Viviendas







Llevo tiempo escuchando hablar de las Tres Mil en los medios. También es un tema recurrente de Rosario Izquierdo Chaparro, autora de Diario de campo, obra periférica en el más amplio sentido, tanto por sus motivos, que yo no he visto en ningún otro libro contemporáneo, como por su forma fronteriza (novela / diario / cuaderno de notas / ensayo) y los lugares que transita: la periferia sevillana. Fue Rosario, o mejor dicho, Charo, quien me invitó a conocer las Tres Mil, donde ella, que es socióloga, trabajó durante una temporada.

Las Tres Mil Viviendas es el nombre popular con el que son conocidas algunas de las barriadas del Polígono Sur de Sevilla: Paz y Amistad, Antonio Machado, Martínez Montañés, Murillo, Las Letanías y La Oliva. De lejos, no parecen demasiado distintas a las que hay en cualquier ciudad andaluza, donde las fachadas rara vez son de ladrillo visto y sí de colores suaves, unos colores que acentúan la impresión de fotografía quemada del paisaje sureño a mediodía (esta apreciación la hizo Charo).  El Polígono Sur se construyó entre 1968 y 1977 para, entre otras cosas, realojar a gente de El Vacie, La Corchuela (dos asentamientos chabolistas) y a familias gitanas pobres de Triana. También se mudaron a estos lares vecinos de otros barrios marginales, como Los Pajaritos y Torreblanca, en busca de una vivienda mejor. La falta de un plan que enseñara a la gente que venía de las chabolas a vivir en un entorno urbano tuvo como consecuencia que algunas de las barriadas se degradaran rápidamente. Desprovistos de agua o ascensores, y con animales no exactamente domésticos campando por las escaleras, muchos de los bloques se convirtieron en ejemplos de chabolismo vertical. Murillo y Martínez Montañés, barriada esta última conocida como Las Vegas, concentran todo lo que lleva a muchos sevillanos a no asomar por el Polígono Sur.



 

 
El jefe de Servicios de Programas de Empleo del Ayuntamiento de Sevilla, Domingo Valenciano Moreno, me dice después del paseo que no pocos de entre quienes estudian en la universidad la degradación urbanística y del tejido social jamás pisan los barrios sobre los que son expertos. Lo saben todo sobre algo que nunca han visto. Domingo también me dio el título para este post, la desarticulación de la ciudad, y me habló de lo importante que es que los vecinos del resto Sevilla se internen en el polígono, tarea difícil ya no sólo por el temor que despiertan sus calles, sino también porque esta zona está físicamente excluida de la metrópoli: la flanquean las vías del tren, una carretera y los edificios de Hytasa. Para Domingo, la integración pasa por que el espacio urbano sea efectivamente público. Las calles del polígono desde luego no están desiertas, pero son sólo los vecinos quienes transitan por ellas. Los dos factores que acabo de mencionar, la separación física y la monocromía humana, hacen de este lugar un gueto.

Empezamos el paseo en el Centro de Orientación y Dinamización de Empleo (CODE). Allí nos recibe Conchi, una orientadora laboral que se queja de lo difícil que se vuelve la orientación para el empleo con la población del polígono en un mercado de trabajo devastado. También nos espera en el CODE Chamorro, un educador de calle. Cuando me propusieron esta visita, Chamorro parecía la persona idónea para no finalizar el paseo con la frustrante constatación de haber visto sólo el miedo propio al rodear, cosa inevitable, las zonas calientes. Chamorro no es sólo conocido, sino, y esto es lo más importante, muy querido en las Tres Mil, y atraviesa con seguridad partes como Las Vegas.
 



Corpulento, con gusto por explicarse y explayarse y hacerse querer, Chamorro habla  con propiedad y desorden: sus ideas sobre el Polígono Sur acuden a la velocidad con la que el agua inunda viejas cañadas cuando las lluvias son torrenciales. "Hacía ya cosas para el barrio con la parroquia", me diría luego Domingo en la comida. "Cuando lo vi, supe que tenía que trabajar para nosotros, que  era un fuera de serie y que no íbamos a tener a nadie que se hiciera de ese modo con la gente del barrio".

Ser un fuera de serie consiste en, por ejemplo, no decirles a la policía cuando lo detienen durante una redada que él trabaja para el ayuntamiento, sino en dejarse llevar a la comisaría para que los del barrio vean que está con ellos también en las malas. Consiste en que le dejen entrar en las casas, en negociar con chavales que se pasan el día en las esquinas fumando canutos y bebiendo para que se saquen el graduado, en que no le rajen ni le disparen, porque aquí la ley es la del más fuerte: quien tiene armas puede amenazar y hacerse con pisos.

El barrio está lleno de polis patrullando. Hace poco hubo una reyerta: el clan de Los Perla quería ajustar cuentas con un miembro de otro clan y acabó tiroteando por error el piso de una familia de Los Marianos "que se dedicaba a vender pan desde la ventana de su casa". Murió una niña de siete años. Al arma con la que mataron a la niña la llaman la "pajillera". Es de guerra y mide casi un metro. La policía incautó otras joyas a algunos de los clanes del polígono, entre ellas dos armas de guerra más: un Kaláshnikov y un Cetme.

Chamorro va nombrando las zonas, que se diferencian por los colores de las fachadas. "No caminéis detrás de mí", dice. De lo contrario, nos exponemos a que noten demasiado que somos forasteras. Caminar a la vera de Chamorro nos alinea con el barrio. Nuestro anfitrión asegura que decir que has crecido en las Tres Mil te inhabilita para conseguir un trabajo, y que los que buscan irse tienen que ocultar su origen. Lanzo una pregunta ingenua: ¿no hay aquí orgullo de barrio? Si hubiera hablado en chino, la cara de Chamorro no se habría ajustado mejor al desconcierto. Él está de hecho enfadado por que a toda la zona se la llame las Tres Mil, que, como he apuntado más arriba, sólo es un parte que ni siquiera define a la mayoría de los habitantes del polígono, gente humilde con trabajos humildes que no trafica con armas ni con drogas. "Pero como una sola familia chunga se vaya a un edificio, se lo carga". Chamorro se refiere a familias conocidas como los "indígenas": antiguos chabolistas que llegan a una vivienda y lo destrozan todo porque nadie se ha encargado de enseñarles cómo se vive en un piso, ni de hacerles un seguimiento. Los "indígenas" están sentados en sillas en la calle: mujeres gitanas descalzas, adolescentes y niños sucios. Hay frente a ellos charcos de agua inmunda ("Una vez, subiendo por uno de esos pisos por los que chorrea el agua porque las cañerías las rompen, me cayó una gota en la cabeza, y desde entonces pienso que esa gota me dejó calvo", dirá luego Chamorro). Una pandilla de adolescentes se acercan para saludarle. Uno de ellos toca la guitarra (del polígono salió Raimundo Amador). Toca de puta madre, claro. Charo y yo procuramos flanquear a Chamorro, pero es difícil. Hoy él tiene una misión aquí: explicarles a todos que está en paro. "Ellos creen que los que no somos de aquí vivimos en el paraíso, que nunca nos falta el dinero ni tenemos problemas, por eso es importante que vean que también nosotros podemos quedarnos fuera". "¿No hay un trabajo para mí, Chamorro?", le preguntan dos de cada tres que se le acercan, y entonces él les cuenta que ni siquiera él tiene ahora curro. Mi segunda pregunta, voluntariamente ingenua esta vez, se la haré a Domingo en la comida a propósito de los "indígenas", y si rastreo su origen doy con mis años en la universidad leyendo a los postmodernos franceses (la universidad, allí donde según Domingo los expertos en exclusión dan clases y escriben tesis sobre las zonas que jamás visitan), que tanto hablaban del biopoder. Cuando leía a Foucault me daba la impresión de que escapar a ese refinamiento del poder que fabrica individuos dóciles permite una vida más "auténtica", más "libre". En mi mentalidad eso te acerca a la felicidad. Digo esto porque la pregunta que le haré a Domingo mientras saboreamos unos makis es la siguiente: "Pero esa gente, ¿no es de alguna manera feliz así?". Respuesta de Domingo: "¿Acaso han podido elegir?".

Algunos edificios están tan destrozados que ya nadie vive en ellos. Lo más parecido que he visto a esto son las fotos de Chernóbil. Una de las calles de edificios vacíos y descompuestos se llama Utopía.

Las gitanas salen a comprar. Casi todas están gordas y van en zapatillas. Charo me cuenta que los maridos no las dejan ponerse zapatos, y que cuando ella trabajaba aquí una gitana le contó que quería adelgazar y su marido no la dejó. Las zapatillas y la dejadez en la que se sumergen estas mujeres cuando se casan con quince, con dieciséis, con dieciocho, funcionan como una forma de control social, como un anclaje más al territorio: así no pueden salir del barrio ni trabajar. Esta es la explicación de un amigo cuando le cuento lo que los gitanos hacen con sus mujeres: "Las gitanas son tan espectaculares, rezuman tanto sexo, que engordarlas es la única manera de que no las miren". Los talleres prelaborales que se llevan a cabo en el Centro Permanente de Creación de Empleo hicieron este documental con algunas de ellas: http://www.youtube.com/watch?v=vmNJo1N6jsU

Llegamos a unos bajos comerciales donde hay una freiduría, una papelería, una peluquería, un bar, puestos de ropa y de pintaúñas. La ropa y los pintaúñas se disponen de manera extraña, con las prendas y los botecitos muy separados, como si cada uno de esos objetos necesitara un espacio propio amplio, aunque la explicación es más simple: las tenderas apenas tienen qué vender. El interior del comercio de los pintaúñas parece haber sufrido una redada.














Charo trabajó con REDES Sevilla en un proyecto para diagnosticar territorios desfavorecidos, y a tal fin paseó con tres vecinos a los que en el libro homónimo surgido del proyecto de REDES, Diagnóstico de territorios desfavorecidos en la ciudad de Sevilla, se les llama informantes. Sus testimonios son tan valiosos que no me resisto a reproducir aquí una parte para finalizar esta entrada (siento que se queden colgadas algunas líneas y que los espacios entre párrafos no sea regulares; al copiar el texto del pdf el formato se desbarata y no logro ajustarlo. Por otra parte, no señalo quién dice qué. Creo que no es importante):
 

"Apenas te das un paseo por el barrio te das cuenta de cuáles son las zonas con más dificultad. Aquí los geógrafos urbanos que hicieron un estudio del barrio y tal lo denominaban como un embudo, un embudo del que se intenta salir, pero que tiene un agujero de mayor dificultad y de mayor exclusión, que es una parte de la barriada Martínez Montañés, que es lo que popularmente llaman “Las Vegas”, las antiguas 624 viviendas, que es el núcleo duro de la exclusión del barrio, donde hay partes de los bloques que parece que ha sufrido un bombardeo el edificio, ¿no? Alejándonos un poco de esta zona, la siguiente corona (una parte de Letanías y una parte de Antonio Machado, sobre todo de Letanías y Murillo, la más cercana a las 624) pues es una zona de mucha vulnerabilidad, donde hay un porcentaje más alto de familias normalizadas y las condiciones no son tan tremendas como las que se dan en las 624 viviendas. Y a partir de ahí hay otro borde, que dentro de situaciones de dificultades (familias desestructuradas y de mucha dificultad, pisos para venta de droga, etc.) es un espacio de más normalidad, que es la parte más exterior de Murillo, lo que llamamos las 3.000 viviendas, Letanías junto a La Oliva y buena parte de la barriada La Paz. Y luego está la parte más cercana a la ciudad, que es La Oliva, y otra parte de la barriada de Paz y Amistad: ese cuarto borde son barrios perfectamente normalizados, que aunque tienen el estigma de Polígono Sur, encuentras dificultades como en cualquier otro barrio popular de Sevilla, los cuales han sufrido un proceso fuerte de deterioro en los últimos 25 años.

 

 

Entonces, la mayor parte de la población de las 624 y las 800, cuando pueden saltan, se van a las 3.000; y los de las 3.000 se van a La Oliva, y los de La Oliva se van al Tiro de Línea, etc. Y todos en cada barrio le temen a esos saltos que den los otros.

 

Esta zona donde estamos, las 624, es la zona más deteriorada, yo creo que es el culo de Sevilla. (…) Sí: éstas son “Las Vegas”, lo que pasa es que a nosotros no nos gusta llamarlas Las Vegas, porque ya es un estigma, ¿no? Aunque ahora mismo hay una

rehabilitación lenta pero importante de viviendas, es la zona más estropeada. Para mí esta zona tiene un elemento histórico que explica su problemática: el Polígono Sur nace en los años 70 para dar una respuesta a la infravivienda en Sevilla, los corrales de Triana, las infraviviendas del Charco de la Pava, una parte del barrio León que se inundaba, más una zona que se va generando con motivo del éxodo del campo a la ciudad en la España del tardofranquismo. Entonces los políticos de la época ven importante hacer unos polígonos para alojar a toda esa población. Al principio todo se hace con cierta planificación, pero últimamente, me refiero a los años 80, se acelera la incorporación de muchas familias que vivían muy mal, y ya se hace una entrada en este barrio sin una planificación correcta. (…) El PSOE en el año 82 gana las elecciones y considera que la vivienda es un bien público, entonces esta zona, que es la última que se entrega, no es propiedad privada, sino pública, y además los vecinos que vienen son de refugios, chabolas, etc., y no saben convivir, ni pagan las rentas, y empiezan a vender los pisos que no son suyos, y se convierte todo esto en un tráfico de viviendas muy difícil de controlar. Eso crea un ambiente de permisividad, donde la gente ha hecho lo que le ha parecido. (…) Entonces, hasta el año 2003 o 2004, que entra el Comisionado, esto ha estado abandonado por la administración, y eso ha creado comportamientos incívicos: aquí la gente sigue vendiendo vivienda, sigue enganchando la luz, sigue haciendo una puerta donde había una ventana y al revés, y por ejemplo, si tiene una avería el cuarto de baño, se quita el lavabo, lo que genera luego muchas goteras y deterioro de los pisos inferiores… Todo eso explica el deterioro de toda esta zona.

 

Aquí, dentro de dos horas (entrevista realizada a las 9 de la mañana), si sales, ves a un montón de personas que son muertos vivientes, muy enfermos, deteriorados, estropeados…

 

Yo he vivido en Falconde, cuando estábamos todos juntos (mis abuelos, mis tíos, mis padres) en un mismo piso. Luego las monjas ayudaron a mi madre a comprar un piso y nos mudamos a Las Vegas. Y de Las Vegas, mi padre, como no le gustaba la zona, a pesar de que él lo tenía todo cerca (se refiere a la droga), se buscó un cambio de piso, y ahora vivimos en un buen sitio dentro de lo que cabe, que es en “las 800”.

 

He hecho de todo: fontanería, soldadura, he pintado con mi tío, he hecho mantenimiento de edificios…. Es un currículum muy dispar, no me ha arraigado nada, lo que más me ha arraigado ha sido trabajar con menores, muchas veces sin cobrar, me enganchaba tanto que no me importaba. Ahora me gustaría seguir trabajando -aunque me encantan los infantiles- con adolescentes: es que me gusta lo complicado (risas), me llama más la atención. Por eso estoy pensando en el taller de empleo (se refiere a un taller sobre dinamización comunitaria) que va a empezar ahora. Lo voy a solicitar.

 
Yo lo que tengo lo he conseguido por mí. Mi madre no me lo ha podido dar, mi padre no me lo ha podido dar. Y yo creo que por eso valoro más las cosas que si me las dan, y yo creo que aquí nos estamos acostumbrando a que nos den las cosas. (…) En casa éramos viviendo en una sola casa, en aquella época: mis abuelos, mi tío y su mujer, mi padre y mi madre y mis 3 hermanos, y el sueldo que entraba era el de mi abuelo, o sea que, imagínate, lo hemos pasado bastante mal… Mi abuelo se dedicaba a la venta ambulante, mi padre ejerció pero cayó en el tema de la droga, y vamos, se lo “comió” todo. (…) No, mi padre no ha sido apoyo: solamente mi madre y mis abuelos. (…) Mi padre ahora mismito está en el “hotel de 5 estrellas” (se refiere a la cárcel). (…) Es que estaba ya muy mal, estaba verbalmente agrediendo a mi madre, continuamente. Yo, dentro de mis posibilidades, me he movido para mandarle a un centro, que lo pagamos nosotros con dinero, pero no, ya hubo que poner la orden de alejamiento, porque aquello no era normal, y ahora mismito está allí cumpliendo. Ahora mismito mi hermana está también viviendo en mi casa con sus dos niños, porque se ha dejado del marido, con lo que la situación de mi casa es un poco…, un poquito agobiante… Pero bueno, de todo se sale. ¿no? Menos de la muerte. Yo soy muy optimista, a mí me lo dicen y es verdad, soy muy optimista. Hay que serlo. Si no lo eres, te hundes.
 
Hay mucha población en Murillo, incluso en Las Vegas, que son gente totalmente normal en el sentido social, de integración, de empleo. Muy marcados por una trayectoria, porque el entorno influye muchísimo. Los chavales se desescolarizan porque no le ven la punta, y es porque su entorno no le encuentra sentido a la escuela.
 
 
Hombre, sí, la verdad que aquí en el barrio hay mucha gente analfabeta, muchísima gente, pero gente joven, ¿eh? de 30 años y de 17, que no saben ni leer. Yo gracias a Dios he tenido a mi madre que ha sido muy insistente, me obligaba a ir al colegio cuando yo no quería. Y gracias a eso sé leer, y tengo mi graduado. (…) Aquí el freno que hay son las esquinas, hay muchos chavales en las esquinas, muchísimos, y no hay alternativas para esos chavales, no sé por qué, pero no las hay. A ver a qué chaval no le gusta estar en una esquina, la mayoría fuma porros o tabaco, y el que no, bebe cerveza, y si ven a dos amigos sentados tomándose una litrona y fumándose un porro y lo llaman, ¿él que va a ir, a estudiar? Aquí está muy mal visto el estudiar, está muy mal visto el estudiar. Como se suele decir: “No va a ser abogado, ¿no?” Por ejemplo, un día como hoy, que hace niebla, los padres suelen decir: “¿Pa qué vas a levantar temprano al niño, va a salir "abogao" ni "na"? Déjalo acostado, que hace frío, ya se levantará cuando quiera".
 
 
Y no pongo en duda ni en cuestión el trabajo de los  profesores, pero yo veo que si tú expulsas a un niño de 14 años del colegio, ese niño va a hacer en la calle lo que le da la gana: es más, lo vas a tener en el patio, en los recreos. Yo creo que debe haber otro tipo de recursos, que el niño se tenga que levantar a su hora a un aula donde tenga unos deberes y algún tipo de control… Expulsar a ese niño a la calle es tenerlo en el barrio fumando, bebiendo, y metiendo bulla a la hora del recreo, como los he visto.
Una vez discutí con un profesor porque expulsó a mi hermano, y eso no era un castigo, era un beneficio: se iba a levantar a la hora que le diera la gana, y a hacer lo que le diera la gana. (…) El absentismo escolar aquí es grande, es grande. Yo tengo vecinos con 19 años que no saben leer, ¿eh? (…) Por ejemplo, en la etnia gitana, las chavalas, o las chiquillas, ¿no?, porque son chicas, el problema es que se casan muy jóvenes, rápido. Por ejemplo, mi prima tiene 21 años y ya el año que viene se nos casa, y es una
de las que más tarde va. Por ejemplo, mi hermano se casó con 18, mi hermana con 18, que también van tarde, pero tengo un primo que está con una muchacha que tiene 15 o 16 años, y el año que viene se casan también. Eso lo que hace es quitarlas antes de los colegios, del instituto, aparte no tienen una motivación dentro de su casa para que estudien. (…) Y no ya motivación: obligar, porque si no los obligas…

 
Este es un barrio muy emprendedor. Como pasa en otros países que se llamaban antes en vías de desarrollo, que tienen unas economías muy desestructuradas: o te buscas la vida o te mueres, ¿no? Aquí la gente es emprendedora porque tiene que buscar modos de supervivencia, y no se quedan en su casa esperando que vaya el asistente social, sino que van a buscar recursos adonde sea, que es una forma de ser activos ¿no? (…) La gente sabe muy bien combinar las cosas. La gente te pide lo que tú ofreces. Una forma de buscarse la vida es buscar los recursos, ¿no? Es como una profesión… A veces no están bien informados, la información no circula.


Nosotros empezamos a trabajar con jóvenes, pero por distintas circunstancias empezamos a atender a menores, y posteriormente descubrimos que era mucho más importante realizar un trabajo integral más que un trabajo por sectores de población, entonces concentramos toda la energía en trabajar con familias. Ahora mismo, en una tercera etapa, lo que pretendemos es trabajar con familias, a las que llegamos de distintas formas.
 


La intervención social en este barrio (no sólo pública, sino privada) ha sido asistencialista desde sus orígenes, que viene de la tradición de la propia iglesia, luego lo público mimetizó toda esa lógica, y aunque había un discurso de lo comunitario, que ha sido desmantelado en los últimos años, realmente el asistencialismo ha sido como una profesión. (…) Ciertamente no estamos pasando un buen momento, no sólo el Comisionado, sino la intervención pública en el barrio, como líder de estos procesos. Lo público no pasa un buen momento, entre otras cosas porque la otra parte, el mercado, ya se ha encargado de generar la crisis en la que los recursos públicos están ahora mismo bajo mínimos. (…) El Comisionado tiene todavía mucho de oportunidad, también según como nos posicionemos ahora. (…) A lo mejor esa mayoría social que estaba por el cambio, ahora mismo puede estar dudando si el Comisionado es útil.(…) Pero el Plan Integral sigue siendo algo que la gente quiere y necesita.

El apoyo más grande lo tuve en la parroquia, con el cura Miguel, que fue el que me ayudó a estar de educador. Empecé como voluntario con 15 años en la parroquia, me quedé allí, conocí a chavales de la casa tutelada de aquí del barrio… Empecé a ir, me gustó el trabajo, y le propuse a Miguel que me gustaría ser educador, pero lo que pasaba es que era muy joven todavía. Cuando tuve 19 me brindó la oportunidad de entrar, y así empecé a cobrar, me hacía mis contratos de verano, de sustitución, hasta que al final tenía mi contrato de indefinido, pero eso termina porque me exigían una titulación de educador o de trabajador social, lo cual yo no la tengo, porque mi nivel de estudios es el que te he comentado anteriormente (graduado escolar)".
 



Charo, Chamorro, Domingo: gracias.
 


 






 


 

 


 

 

 

 
 
 
 
 

 








 

 
 

 
 
 

 
 
 
 

 
 
 

 
 
 

 

sábado, 27 de julio de 2013

La UVA de Hortaleza





 
 
 
Visité la UVA de Hortaleza el 10 de marzo. Al lado vive Julia.
 
Suelo llevar una pequeña libreta para tomar notas cuando alguien me pasea por su barrio, pero el 10 de marzo me fui a Hortaleza sin nada. Temí olvidar lo que me había contado Julia y me mandé por e-mail lo siguiente:
 
"Viviendas provisionales.
 
Montañas que eran escombros.
 
Quedan muelas (casas aisladas en solares).
 
No sabemos si son alquiladas o en propiedad.
 
Le Corbusier vino a verlas y les dio el visto bueno. Por eso los arquitectos se habían llevado las manos a la cabeza cuando planearon derribarlas y realojar: porque Le Corbusier había dicho que aquello sí a pesar de que eran infraviviendas con techos bajos (la hija de Julia tenía una amiga que vivía en una de esas viviendas, y le decía: "Mamá, si alzo el brazo toco el techo"). Son viviendas de paredes muy finas, mal aisladas del frío y del calor, que conforman patios de vecinos, hay mucha vida comunal.
 
Antes era un mercado de la droga. Pero los patriarcas dijeron que ya no más.
 
Ahí viven gitanos y familias venidas del campo que tenía que absorber la ciudad.
 
Mercadillo.
 
Se ve Sanchinarro.
 
Paredes sobre las que caen las plantas (¿tal vez lianas?).
 
Los realojos se hacen sin echar a la gente de sus casas, así que hay que encontrar huecos en el barrio".
 
Durante el tiempo que he estado planeando escribir este post, la imagen de Le Corbusier entrando en las viviendas de la UVA me parecía tan improbable que pensé que había escuchado a Julia mal, y que no había sido Le Corbusier el visitante, sino algún discípulo influyente. Más tarde pensé que fue esto último lo que me contó Julia, pero que mi memoria, para fijar el dato, necesitó cambiarlo por Le Corbusier para que la anécdota fuera más sabrosa.
 
Hay otro elemento extraño en las notas. Se trata de un gazapo que sucede a "Paredes sobre las que caen las plantas", a saber: "¿tal vez lianas?". Creo estar segura de que quise decir "hiedra", pero cuando las plantas crecen en vertical pienso en lianas por las películas de Tarzán, de Indiana Jones, de aventuras en la selva.

Lo que realmente ocurrió en la UVA, acrónimo de Unidad Vecinal de Absorción, fue esto: en los años sesenta del siglo pasado los poblados de las Ventas y La Elipa tuvieron que desmantelarse porque se proyectaba ampliar la M-30. En 1963 se construye la UVA, un conjunto de viviendas  provisionales (no iban a durar más de cinco años), para realojar a la gente de los poblados. Y es aquí donde entra Le Corbusier: la UVA fue señalada en el X Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos de Buenos Aires como un ejemplo de alternativa "humana" al chabolismo (aquí la fuente: http://elpais.com/diario/2005/04/01/madrid/1112354670_850215.html). En el jurado que convirtió a la UVA en un ejemplo estaban Le Corbusier y Louis Khan, y según la fuente citada la UVA es ejemplar por estas razones:

"Su original concepción, inspirada en el espíritu y los valores de la arquitectura popular meridional; los materiales utilizados -permanentes y no provisionales o prefabricados, como quería el encargo inicial-, así como los equipamientos sanitarios de que fueron dotadas sus viviendas, más allá también de las previsiones iniciales; su propio diseño y organización, influidos por las ideas racionalistas, hacen de esta UVA un barrio y conjunto muy singular en la arquitectura y el urbanismo madrileños de la época. Formado por bloques de dos alturas, rodeados de amplios corredores abiertos y con un tratamiento paisajístico inusitado entonces para este tipo de viviendas, el barrio -pese a su degradación actual- expresa una forma de generar cohesión social".

Así las cosas, parece en principio razonable que unas viviendas concebidas para ser derribadas en poco tiempo terminen conservándose. Sin embargo, la realidad no es tan idílica como la pinta el mentado artículo de El País, donde el "pese a su degradación actual" está dicho en voz baja. Quien firma parece estar del lado de la arquitectura que la autoridad ha considerado ejemplar, y que ha propiciado que unas viviendas pensadas para su pronta demolición (si eres alta y alzas el brazo tocas el techo, según la hija de Julia) sigan siendo el hogar de muchas personas que se instalaron allí con la idea de provisionalidad. A estas personas, y debido a la degradación de unas viviendas que no fueron concebidas para durar más de cinco años, se les lleva prometiendo un realojo desde 1994. El realojo iba a finalizar en 2002, pero a día de hoy ni siquiera se ha realizado la mitad del plan.  En un artículo publicado en www.20minutos.es se habla del reconocimiento de la Unión Internacional de Arquitectos como un "regalo envenenado", pues la distinción ha obligado a conservar parte de los bloques y a retrasar los realojos.

¿Qué habría pasado si el jurado en el que estaban Le Corbusier y Louis Khan no hubiese reconocido a la UVA como ejemplo de nada? La pregunta apunta a un debate que forma ya parte de la idiosincrasia española: ¿por qué esta obediencia primero al no valorarnos por sistema y después a valorar lo que viene de fuera también por sistema?

Hay quien sufre en sus carnes esta parálisis debida a la falta de criterio. Si la UVA era todo un ejemplo, ¿por qué no mejorarla en lugar de dejar que las viviendas se degradasen? Y si no era para tanto, ¿por qué obedecer a una distinción?

Esto es lo que queda de la UVA de Hortaleza:


























































Yo caminaba detrás de Julia, y cuando nos acercábamos a las colonias de casas, ella se apartaba y yo me asomaba a las angostas calles delimitadas por las hileras de inmuebles. Estas calles parecen patios; a Julia le daba pudor, o respeto, entrar y echar fotos. Yo soy menos pudorosa, o más irrespetuosa, así que eché unas cuantas. Julia ha sido mi alumna. Ese día avanzaba con la misma rapidez de movimientos que desplegaba en clase: incluso cuando estaba sentada y quieta se le notaba siempre el nervio y el gusto por ejecutar. Por cumplir objetivos. En nuestra excursión no vagamos por el barrio, pues ella tenía claro lo que debía enseñarme y disfrutaba yendo por orden: primero la colonia, luego el solar donde quedan las muelas, esto es, viviendas sueltas, algunas deshabitadas y sin paredes; otras con inquilinos, en cuyas medianeras hay pintadas que rezan "Vivienda habitada" para que las máquinas no las echen abajo.











































En mitad del solar había un sillón chamuscado. Todavía estaba caliente. Julia lo tocó. En verdad lo que recuerdo es que Julia se sentó, pero ahora me parece que eso es imposible, pues el chasis se habría venido abajo y Julia se habría quemado. Por otra parte, me parece congruente con el carácter de Julia que hubiera tomado asiento. Julia se va sola a subir montañas sin miedo a perderse. Disfruta mucho del vino, es poco contemplativa, se le da bien la gente, se iba de marcha con Luis Claramunt y cuando nació su hija escuchó el rugido de un león. Antes trabajaba en la tele y ahora está prejubilada. Ese día me dijo que le gustaba Hortaleza porque el barrio es tranquilo. Por algunos comentarios que me hizo sobre el vecindario deduje que también le gustaba lo que el barrio le permitía: asomarse a la vida de los gitanos, por ejemplo. Vive en un piso muy alto; antes de subir me llevó a un mercadillo y a una montaña que antes eran escombros, y sobre la que ahora crecen la yerba y los jaramagos. Julia llevaba un tiempo observando cómo se las apañaban unos hombres, presumiblemente rumanos, que habían construido una chabola en el declive de la montaña-escombrera, frente a la que pasa la M-40. Ahora esos hombres iban de un lado al otro del declive. Cuando nos cansamos de mirar las idas y venidas de los hombres subimos a casa de Julia y comimos alcachofas a la plancha y arroz chino. Frugal, rico, rápido.

Gracias, Julia.

sábado, 22 de junio de 2013

San Sebastián de los Reyes

Estar vacía. Ir a San Sebastián de los Reyes.
 
Junto a mí la tentación de encontrar correlaciones entre el estado mental y el lugar donde acabas no por decisión propia (ahí no habría oscuridades), sino porque te toca. Puedo jugar a esa hipótesis que  permitiría, llevada al extremo, negar los nombres, llamar al solar corazón y a la gasolinera armatoste de frío. No estoy en el norte; esto es el oeste porque lo dice mi ocaso, el vacío, estar vacía, yendo a San Sebastián de los Reyes para ver qué depara a mi presente huido. Puedo pensarlo al contrario: si estoy vacía, lo que veo se inscribe en mí: ahora mi mano es esa plaza en cuyo centro se alza un cruceiro, mis ojos son el rótulo beige de una panadería, por mi lengua se deslizan las baldosas huecas de una acera, que se llenarán de agua cuando llueva y salpicarán a los vecinos.
 
Si no hay nada en mí, si este existir descabellado e imposible me ha sido dado, o algo que se le asemeja, no discrimino. ¿Permite mi cuerpo no discriminar? No es eso, claro. Es quedarme en un borde que impide que me disuelva. Miro indiscriminadamente edificios igualmente indiscriminados, y sobre todo miro cómo se han construido los demás, sin que mis globos oculares se centren o busquen algo, y sin que se cierren, al igual que mis orejas. No hay hoy conversaciones que escuche sólo a medias, y mi cabeza no emite más juicios que el del pasmo de no emitir apenas juicios.
 
Cómo se construyen los demás, cómo se construye la parte nueva de San Sebastián de los Reyes, cómo se construye un niño, una casa, una pareja, un negocio, un tocado. San Sebastián de los Reyes y la natalidad y las buenas zonas para que los infantes no respiren la contaminación del centro y puedan jugar en plazas cerradas al tráfico. Hoy estoy aquí y me da igual si esta vida que entra por mis poros es la que yo quiero. Me da igual si me parece bien o mal. Quiero no tener ese tipo de parecer, tu casa y tu vida bien pero. Quiero permanecer aquí en mi vacío llenándome de cosas que no he elegido y que me provocan asombro porque estoy sin filtros y esas cosas son, de repente y mirándolas con unos ojos que no son mis ojos, meras presencias poderosas. Y si no es un milagro que las cosas se construyan.
 
 
 
 
 

sábado, 25 de mayo de 2013

Barrios. Cosas


En mi época universitaria era costumbre recorrer el barrio de Salamanca las noches en las que había recogida de muebles para adecentar el piso compartido.

Una amiga se hizo, entre otras joyas a las que roía la carcoma, con un arcón decorado con motivos campestres.  Mi amiga inyectaba líquido matacarcomas por todos los agujeritos de los muebles gorroneados en los portales de la gente pudiente. Durante años arrastró de piso en piso el arcón,  un estiloso perchero de pie y una mesita auxiliar que, según ella, era de estilo biedermeier, aunque ya no valía un duro porque estaba reparada. Mi amiga le dio una capa de betún y la usó como mesita de noche.
 
Yo nunca me topé con nada de valor. Tenía menos necesidad que mi amiga, pues mis padres siempre estaban deseosos de visitar Ikea cuando venían a Madrid. Mi único botín duradero fue algo que no estaba destinado a durar: unas etiquetas adhesivas. Todavía las tengo. Llevan conmigo doce o trece años. Mis carpetas, mis archivadores, mis tápers, lucen esas etiquetas  de papel amarronado por la suciedad. Habían desmantelado una oficina; las tiras adhesivas estaban enredadas  entre las patas de una silla con ruedas. Era de día.

Cuando comenzó el otoño de 2005 empecé a encontrarme gomas de pelo por la calle. Cada vez que miraba al suelo, no veía colillas, ni palos de piruleta ni papeles, sino gomas aplastadas, o recién caídas y todavía limpias. Me daban entonces ganas de llevármelas a la nariz, de rastrear la marca del champú, del suavizante que había dejado el cabello demasiado resbaloso.

Podría decirse que me encontraba siempre gomas de pelo porque era lo que me interesaba (la típica idea, al parecer comprobada, de que sólo vemos lo que buscamos, que a su vez es lo que sabemos), pero no recuerdo haber estado sumergida en el mundo de las gomas de pelo durante el otoño de 2005. Luego sí me interesé, aunque no por ellas, sino por estar todo el tiempo encontrándomelas. Alimentaban mi lado supersticioso: si me salían al paso, era por algo. Me sentía obligada a descifrar un mensaje cuya lógica sólo podía ser tan absurda como estar tropezándome todo el tiempo  con un objeto que no significaba nada para mí. Probé a recogerlas; el bolsillo trasero de mi mochila se llenó de cintas elásticas, algunas relucientes, la mayoría manchadas de polvo, y tal vez de meados de perros y gatos y de escupitajos secos. Nunca metía la mano hasta el fondo de ese bolsillo. Comencé a ponérmelas cuando iba a nadar. Tres veces por semana elegía una goma roñosa y la sumergía en el agua desinfectada con cloro. Lo bueno de esta estrategia es que la goma dejaba de darme asco, y del bolsillo pasaba al armarito del cuarto de baño. No ocurrió en mi vida nada que guardase relación con las gomas de pelo.

Estas eran las vías que más trasitaba entonces, donde encontré la mayoría de las gomas: Pedro de Valdivia, Pinar, Serrano, López de Hoyos, Francisco Silvela, avenida de América, Cartagena. No son exactamente lugares periféricos, pero este blog es www.madridesperiferia.blogspot.com, quiero decir, mi idea de la periferia es amplia, u otra.

Hace un mes, o tal vez más, vi en El Matadero una exposición en la que se mostraba el trabajo de unos arqueólogos urbanos. Su arqueología: recoger objetos callejeros en determinados barrios y archivarlos en cajones. ¿Decían algo los objetos perdidos o tirados sobre los barrios? Creo que era esa la pregunta de la exposición. Quizá no. Ignoré el folleto. Tal vez los artífices del proyecto no eran arqueólogos urbanos, sino artistas, y buscaban otra cosa. El caso es que yo me hice mi idea y me empeñé en contestar a la pregunta sobre lo que yo creí que iba la exposición mirando los objetos.
 
 
 
 
 




 
















 





 





 
Concluí que esas cosas recogidas en la calle evidenciaban el nivel sociocultural y económico de los barrios. Me fijé bien en los cachivaches de Malasaña y en los de Carabanchel. Son dos barrios que conozco. Más tarde pensé que, precisamente por conocer esos dos barrios, había visto lo que sabía de antemano. Mi conclusión era una patata. También pensé qué habría pasado si me hubieran enviado a coger cosas cuando me topaba todo el rato con gomas de pelo. El resultado de mi investigación habría sido, cuando menos, desconcertante.
 
Aquí una foto de otra de las exposiciones que había ese día en El Matadero, y que meto en esta entrada porque salgo yo:
 
 
 
 
 
 

miércoles, 13 de febrero de 2013

Villalba y el dinero

Hoy he estado por primera vez en Villalba. Isidro, que vive en Galapagar, me invitó a su programa de radio para entrevistarme. Radio Villalba Somos Todos tiene su poquito de cultura y música. No soy yo quien separa la música de la cultura, sino el nombre del programa, Música y Cultura, que se emite los sábados, aún no sé a qué hora. Las ondas herztianas de Radio Villalba sólo alcanzan los alrededores serranos. Podré escucharme si cuelgan el podcast. En verdad detesto escucharme; lo hago para averiguar si he dicho alguna barbaridad. Los masoquistas somos así.


Caminito de Villalba me preguntaba qué le diría yo a alguien de fuera de Madrid si me inquiriese sobre este pueblo. Qué contestaría al "¿Conoces Villalba?" de un joven de Cuenca. Le tendría que responder que en rigor no, y sin embargo hay algo en los lugares de paso que cualquiera conoce aunque nunca se haya detenido en ellos. Ir a El Escorial, a Cercedilla, a Zarzalejo o a Guadarrama en bus supone pasar por la rotonda junto al centro comercial de Villalba, El Planetocio creo que se llama. Mi novio le dice El Paletocio. Asimismo, cualquiera que viaje en autocar a  El Escorial, a Cercedilla, a Zarzalejo o a Guadarrama sabe que en Villalba se apea la mayor parte de la gente con aspecto de curranta, sea porque vive aquí, sea porque en Villalba hay, o había, trabajo. Villalba, para los que hemos subido a los pueblos con solera que están al pie de las montañas, es el pueblo obrero de la sierra, o al menos el pueblo obrero que se ve desde la carretera. Habrá más, claro. Valdemorillo. Pero no están tan poblados.


Mi novio es de Madrid y confirma mi percepción. Me dice que Villalba, aunque ha sido el centro neurálgico de los pueblos de la serranía, es un sitio más bien pobre. Que la gente que tiene un poco de dinero no quiere vivir aquí. Que es importante porque muchos servicios están en Villalba, como los juzgados, y que los pijos de Madrid de hace 25 o 30 años poseían todos una casita en Villalba. Lo de la casita y los pijos se acabó con el democratizador ladrillo. De repente había urbanizaciones de chalets para todos. Las ciudades dormitorio se pusieron de moda. Yo recuerdo este fenómeno cuando vivía en Valencia. Cómo mirábamos a los niños que tenían la suerte de vivir en un chalet con piscina y perro.
 
 
Cuántas veces he oído que habría que meter en la cárcel a los arquitectos que diseñan esas hileras de chaletitos horrendos, tristes, y en cuántas ocasiones no se me ha encogido el estómago al imaginarme viviendo en una periferia así, que en Madrid parece resaltada en negrita. Madrid tiene un barrio pijo, el de Salamanca, que comparado con el pijerío de Barcelona o París da más bien pena. Se huele demasiado el cemento, el elemento común. Con las periferias serranas pasa lo mismo; las zonas  adineradas lucen siempre algo deslavazado, de solar, de autopista con paneles, de parada de autobús. La palabra "exclusivo" no define aquí ninguna exclusividad. Eso me gusta mucho de Madrid. La imposibilidad de la endogamia social. Estoy generalizando, sí.


Pero lo que yo iba a decir al hilo de las espantosas hileras de chalets es si en verdad ese horror no obedece a nuestra pasividad a la hora de rebelarnos contra el gusto heredado. El tópico es hablar de las horrísonas urbanizaciones de la sierra, de la zozobra roja del ladrillo y la homogeneidad. ¿Qué tal si un día escribo una entrada sobre la maravilla de enfilar una calle de chalets de acabados perfectos, con sus jardineras repletas de petunias, con sus bojes y el sol brillando sobre el tejado de pizarra? El gusto es un asunto cultural y etcétera; la mera estética no sirve como argumento. Hay que buscar otras razones. Por ejemplo, que me inquieta imaginarme en uno de esos chalets porque no hay calle, o que me gusta porque crecí en ellos y ah, el jardín, el fox terrier del vecino, jugar con las piedras.


El argumento que más me convence es este: las cosas que se hacen sólo por dinero hieden. Enriquecerse cuanto antes no genera compromisos con la propia labor. Ni con los demás.


Ojo: no estoy en contra de ganar dinero. Eso sería una imbecilidad. Estoy en contra de que las cosas se hagan sólo por dinero.
 
 
Termina la grabación del programa; Isidro me acompaña a la parada de autobús. Subo; sólo llevo un billete de 20 euros, y el chófer me dice que no puede darme cambio. Me bajo del autobús. Me interno en una colonia llamada, creo, La Cerca; me han dicho que subiendo la calle hay un pequeño comercio y un bar. Ni un alma. Tengo la impresión de estar en alguna urbanización costera en invierno, donde de verdad no hay nadie. Lo que mosquea de Villalba, o de este trozo de Villalba, es que sí hay alguien. Toda la colonia está habitada. Tal vez son viviendas VPO. En esta calle de edificios habitados me topo con un mesón cerrado, una farmacia cerrada, un comercio lúgubre y un bar. Ya está. Si el comercio lúgubre y el bar hubiesen estado chapados, habría tenido que caminar hasta el centro del pueblo en busca de cambio para poder tomar el autobús de regreso.
 
 
Sin embargo, Isidro me ha hablado de lo bien que se siente en su chalet de Galapagar, frente al ventanal de su despacho, que mira la sierra. No lo sé.

sábado, 5 de enero de 2013

Pérdidas






Perderte en la ciudad que conoces.
 
Es fácil que suceda si la ciudad en la que vives es grande.
 
Además, alivia  no conocerlo todo.
 
Los sitios pequeños también rebosan sorpresas. Hay que escarbar en el matiz. Por ejemplo, la forma en que el sol arremete hoy contra la pared. El sol teje luminosidades jamás vistas en los rincones de mi casa.
 
Los niños son expertos en perderse debajo de una mesa. En habitar espacios huérfanos. Hay que agazaparse cerca del suelo, la nariz pegada a una fría pata de hierro con hedor a lejía.
 
Pero yo quería hablar de perderme en la ciudad en la que vivo. De perderme en Madrid. Si miro mi calle desde alguna ventana por la que jamás me he asomado, es probable que durante algunos segundos no la reconozca.
 
Madrid tiene cuestas, y los hitos de las lejanías ayudan a orientarse. A pesar de ello, me he perdido muchas veces. Luego he buscado algunos de esos sitios por los que he deambulado sin tener idea de dónde estaba y no he logrado dar con ellos.
 
¿Qué hace el recuerdo con esos espacios que se nos han antojado medinas por el encono con el que unas avenidas y unas calles no nos han llevado a la estación de metro indicada por algún transeúnte, sino a otra, generando entonces un hueco, una torsión en nuestro mapa mental? Pasan tres, cuatro, cinco años y ese lugar imposible sigue en nuestra cabeza,  con la salsa que la memoria haya querido echarle.
 
¿Qué ciudad forman esos recuerdos de lugares por los que anduve sin rumbo?
 
Esos trozos de ciudad nunca voy a encontrarlos. La memoria los ha maquillado al gusto de mis necesidades, y no los reconocería.
 
Un lugar que no he vuelto a encontrar a pesar de haberlo buscado: en Carabanchel, subiendo una cuesta, llegué a un montículo que colindaba con un solar alambrado. Desde allí se veía la Almudena, la cúpula de San Francisco el Grande, el Palacio Real. Se veía asimismo la tierra seca y los jaramagos amarillos del solar.
 
Luego viví unos años en Carabanchel. Me harté de subir por todas las calles en cuesta. Nunca di con la del solar, desde la que había regresado al centro en autobús. No hubo tampoco ningún autobús cuya ruta me descubriera el sitio.
 
Otro lugar sobre el que nunca supe: Plaza de Castilla, avenida de la Ilustración y a partir de ahí, un hueco.
 
Ocurrió el último día que vi a Isabel. Me acuerdo de ella a menudo. De su fuerza y  de su generosidad. También la definía esta palabra que me da miedo usar: entrañable.
 
Veníamos de visitar a un amigo común que acababa de tener a su primera hija. Isabel había llevado su coche, y me preguntó si podía acercarme a algún sitio.
 
Yo no quería que se desviara por mi causa. Ella tenía que ir al piso de su madre o de su tía o de su prima. Algo así. Yo vivía en Argüelles; la casa de su madre o de su tía o de su prima estaba bien lejos de mi antigua calle, Fernández de los Ríos.
 
El sol achicharraba, la ciudad estaba detenida porque era domingo. Nadie deambula por la calle en verano a las cuatro de la tarde. A mí la soledad de las calles bajo un sol justiciero me gusta.
 
Eres la única imbécil que sale a estas horas, me decía mi abuela. Me cuesta hacerle entender a la gente que esas palabras de mi abuela no eran dañinas. Estaban dichas con humor. Eran como el mote con el que Manolito Gafotas llama a su hermano: El Imbécil.
 
Le dije a Isabel: ve adonde tengas que ir y me dejas en cualquier sitio que te guste. Quiero perderme.
 
De acuerdo, me respondió.
 
Los edificios de la Castellana se derretían. En Plaza de Castilla a la izquierda empieza el ladrillo y el barrio-barrio; periferia hecha ciudad de mala manera, como casi todos los barrios excéntricos. Hoy leí esto: "El resultado son periferias sin identidad donde habitar solo puede ser sinónimo de aislamiento".
 
Isabel me dejó en una colonia cuyo nombre me sonaba y que he olvidado. Anduve durante un buen rato; llegué a un parque con nombre de mujer que luego busqué muchas veces en Internet. Quería perderme, sí, pero aquel lugar se me antojó demasiado atractivo como para no poder regresar a él con facilidad. Pregunté el nombre del parque, que describía un declive. Desde allí se atisbaba la trasera de algún edificio antiguo que debió de haber sido una fábrica, pero que a mí me hizo pensar en una estación de ferrocarril abandonada.
 
Googleé el nombre del parque a menudo. No salía nada.
 
O bien el hombre que me había dicho de qué parque se trataba se había equivocado, o yo había memorizado un nombre erróneo.
 
Observé el calor en aquella fábrica que me hacía pensar en trenes, en que estaba en un lugar en el que no estaba.
 
He contemplado muchas veces en mi recuerdo ese mismo calor.
 
También a Isabel.
 
Era la novia de un amigo; cuando rompieron, yo quedé del lado de mi amigo. Pienso a veces en llamarla; luego me digo que para ella tal vez yo pertenezca a una parte de su pasado que no desea resucitar.
 
Quizá sea una excusa: soy perezosa para las relaciones.
 
¿En qué se transforma alguien a quien vimos y querimos, alguien que pasó por nuestra vida con intensidad y que desapareció? ¿Son esas personas como las partes de la ciudad por donde nos extraviamos?
 
Cuando estamos perdidos los lugares se convierten en evocaciones andantes, se cargan con nuestra fascinación por asomarnos a otro mundo, o de nuestro afán de asociarlos a lo conocido para encontrar el camino de regreso.
 
Una tercera pérdida: septiembre de 2010. Había quedado con Susana y con Juan para ver su apartamento en Puente de Vallecas. Barajaba alquilárselo.
 
 
Ignoro qué diablos hacía yo ese día por los alrededores de Méndez Álvaro unas horas antes de ir al piso de Susana y de Juan. El caso es que ahí estaba. Y decidí ir andando.
 
Avancé por un parque que ocupa una colina, o eso creo. El Planetario andaba cerca. Muy pronto me vi en un bulevar peatonal atravesado por unas vías que iban a parar a una estación muerta y reconvertida en un museo o similar. En el bulevar se alzaba una plataforma o un mirador que tomé por un puente. Era mediodía, hacía un calor sin gracia porque yo llevaba demasiado tiempo caminando rumbo a Vallecas y la ruta se desdibujaba. La lógica era: si yo iba a atravesar algún lugar, éste se desconfiguraba. Las calles se negaban a llevarme. Cuando subí a la plataforma o al mirador que pensé que también era un puente no había por dónde avanzar. En mi recuerdo ha quedado esto: una plataforma que se asoma a un muro por encima del cual discurre la ciudad, como un animal esquivo. Ese lugar no existe. Es imposible que construyan miradores de cara a la pared.
 
Llegué tarde y hecha un asco a mi cita con Susana y con Juan.
 
No tengo fotos de los sitios en los que me he perdido. No puedo retratarme la cabeza.
 
La imagen que abre este post es de Marina Sanmartín. Una fallera cósmica.