lunes, 22 de febrero de 2016

Viaje en el tiempo en Madrid


Foto de Olmo Calvo



En Madrid, como en muchas otras ciudades y pueblos de esta patria nuestra, parece que importa un pimiento cómo se hacen las cosas, urbanísticamente hablando. Se han cuidado algunas zonas de cara a la galería, que en este particular son los turistas (aunque parece que se ha considerado que hay poco que ver en la capital, a tenor de la desatención que se prodiga a todo lo que no cae bajo una idea escuetísima de centro) y, por supuesto, las zonas donde viven lo que algunos, mayormente adinerados, denominan «gentes de bien» (en verdad se trata de una autodenominación): dinero atrae dinero, sin importar que éste sea público. Lo que queda al margen de la llamada de la selva de un mercado cuya mano no es tan invisible, que es casi toda la ciudad, crece desde hace unas décadas como un animalito abandonado a su suerte. Tener suerte es que el político (o política) necesite hacerse la foto.


Hoy me bajo en El Carmen y pongo rumbo a La Elipa. A tal fin, tomo la calle José María Fernández Lanseros y llego a Ricardo Ortiz, en cuya esquina con Cyesa me topo con un edificio de criterio funcionalista que estéticamente no es gran cosa, pero que sin embargo, y gracias a su estructura, semejante a una flor, permite que todas las ventanas den a la calle y contar con generosas terrazas.


Los inmuebles que abren Ricardo Ortiz son austeros y recuerdan a películas españolas de los años 50. En el número 18 hay un pasaje dividido en tres pasillos que desemboca en unas escaleras. Frente a estas, se alza una tapia de metal que se precisa rodear para entrar en un inmenso patio que funciona como un túnel del tiempo y como parking. Si desean saber cómo era Madrid antes de ser asfaltado, vengan aquí. Y si desean un escenario neorrealista, también. La tierra y los coches aparcados se disputan la aridez de este dantesco espacio que no es una calle a pesar de que está abierto para el peatón. Da esto también para pensar en la infancia, pues los lugares abandonados son los favoritos de los niños, o al menos de la niña que yo era, y que habría campado por estos lares a sus anchas, a salvo de las miradas de los adultos porque el tumulto de autos estacionados multiplica los escondites, amén de lo mucho que puede emporcarse una con la tierra y las piedras. Supongo que no será lo mismo para los vecinos, quienes quizás querrían ver asfaltado y ajardinado esta suerte de solar interior.


La visita que acabo de hacer adquiere una relevancia mayor cuando llego a la calle de San Emilio. Por cierto que de camino paso por el Colegio Concertado La Purísima, cuyo horroroso edificio salpicado de cruces blancas en el centro de la fachada trata de romper la simetría sin conseguirlo. ¿Cómo es eso de que aquí cobra mayor relieve mi anterior parada? Pues porque en San Emilio los inmuebles son iguales a los que, en Ricardo Ortiz, rodean el patio, y no obstante, y éste es el quid de la cuestión, hay que hacer verdaderos esfuerzos para darse cuenta de que son idénticos. Retomo el asunto del urbanismo con el que he abierto este artículo, pues es precisamente el que se practique o se tome por el pito del sereno el bienestar de la gente lo que marca la diferencia, a veces abismal, entre unos sitios y otros. En San Emilio las aceras son anchas y permiten caminar bien a gusto, y hay espacio para setos y árboles de copas generosas que dan sombra a la calle, sensación de frescor y cierta intimidad. Para más inri, la calzada no es ancha, así que aquí no se ofrece más espacio al molesto, ruidoso y contaminante coche que a los vecinos y los paseantes.


Otro ejemplo de urbanismo, en este caso fracasado, lo tenemos en la pasarela que va de San Marcelo hasta el parque de la otra parte de la M-30, ese gran mirador (la M-30, no el parque) que podríamos situar en el cuarto grado del sentimiento de lo sublime descrito por Arthur Schopenhauer, a saber, el que se produce al contemplar la naturaleza turbulenta, el placer por la percepción de objetos que amenazan con dañar o destruir al observador: la marabunta de coches en este caso. Desde la pasarela se observan los millones de automóviles que transitan entre la marcianada kitsch que es el puente de Ventas y la Quinta de la Fuente del Berro. Se trata de una pasarela contemporánea de tipo industrial, efímera y hortera.


Cabe suponer que en sus barandillas nadie se apoyará, pues son tan grandes que la mano no puede agarrarse a ellas. Están hechas de metal, así que cuando hace calor, queman, y cuando viene el frío, son como cubitos de hielo. La pasarela tiene además umbráculos un poco absurdos, pues están agujereados, lo que hace que no guarezcan de verdad del sol o la lluvia. Son un gesto no concluido. Como he dicho antes, solo es sublime de esa manera que describe Schopenhauer la vista que ofrecen, el agolpamiento de los faros y las luces rojas de los coches, la papilla de ruido, el río que nos lleva y nos trae todos los días del trabajo a casa y de casa al trabajo. Y siempre y cuando una se limite a observar.


La M-30 hace de límite entre un Madrid que comienza a ser céntrico y su periferia. La diferencia de cota marca la diferencia social: alta y ajardinada la que está dentro de la M-30, y baja y sin cortinas vegetales que amortigüen el ruido del tráfico y la contaminación la que está fuera. Y aquí me quedo por hoy, asomada a los bordes, un poco a la intemperie.

Este artículo se publicó en EL MUNDO Madrid el 10/07/2015.

El futuro ya está aquí: el PAU de Vallecas



Villa de Vallecas es el centro neurálgico de un distrito dantesco y mítico para bien y para mal en el imaginario de los madrileños. Es también la estación de metro más conveniente para mi paseo de hoy, que comenzará en el ecobulevar del PAU y abarcará parte del inmenso ensanche. Recomiendo visitar esta zona nueva en coche, o con unas buenas zapatillas y muchas ganas de andar. Y desde luego no en verano.

Yo no me puedo sustraer al verano. Hay una ola de calor, así que tomo la calle Sierra Vieja sin despegarme de las sombras que arrojan los toldos y los balcones. Esta parte del barrio tiene mucho de lugar intermedio entre la ciudad y un pueblo. Se conservan no pocos inmuebles de principios del XX, de ladrillo enjuto y oscurecido, aunque sobre todo hay pisos de dos y tres alturas y profusión de comercios. La altura de los pisos muta cuando la calle se abre en anchura y comienza a perfilarse como límite entre la parte más antigua de Vallecas y el llamado Ensanche o PAU de Vallecas, diseñado durante los 90 y que en 2004 aún no estaba finalizado, lo que motivó que los vecinos se organizaran en la muy reivindicativa Asociación Vecinal PAU del Ensanche de Vallecas. En su página web, www.paudevallecas.org, los post se suceden con una periodicidad casi diaria para dar cuenta de asuntos como la contaminación odorífera o la escasez de plazas escolares en el distrito.

La mentada contaminación odorífera no hace acto de presencia cuando al fin llego al bulevar de la Naturaleza. Al famoso ecobulevar. Debe ser porque hoy no se mueve una gota de aire, asunto éste que nos conviene para evaluar la utilidad de un proyecto que se pensó con muy buenas intenciones: acondicionar climáticamente un secarral y generar un espacio público para uso y disfrute de los vecinos, siendo dependiente esto último de lo primero. El bulevar se articula en torno a tres enormes cilindros distintos entre sí y concebidos para funcionar como árboles. Por sus paredes iba a haber una cortina vegetal. Uno de los cilindros, además, se encargaría de echar vapor de agua para mitigar solaneras como las de hoy. Se suponía que el resguardo ofrecido por el cilindro ahíto de vegetación y frescura atraería a los vecinos, y que estos se animarían a organizar actividades allí o en sus alrededores. Los usos previstos de este proyecto de los arquitectos de Ecosistema Urbano, que ganaron el concurso del Ayuntamiento de Madrid, van desde el circo en la calle hasta la tarde futbolera, pasando por ver la misa del Papa en directo desde Roma, todo lo cual da para pensar si eso coincide de veras con la llamada cultura popular o es la visión que unos arquitectos tienen de esa cosa también denominada pueblo, y que no se sabe muy bien qué es. Se trate de lo que se trate, entre los usos no se preveía que hubiera ninguno que plantease complicaciones ideológicas, intelectuales o políticas. ¿Se plegaban sus hacedores a la visión ramplona y franquista que el PP tiene de lo cultural y lo público?

Cuando me sitúo debajo del primer cilindro, que reina en mitad del bulevar desierto, lo único que veo son enormes paredes circulares que forman pisos en torno a una suerte de tela metálica que recuerda a las jaulas de los pájaros. Los maceteros, grises, están vacíos. El cilindro se asemeja a una nave espacial o a ese antiguo programa de televisión de estética entre onírica y futurista, El planeta imaginario. La pregunta aquí es obvia: si no hay dinero para el mantenimiento, ¿por qué llevar a cabo este tipo de proyectos? El bulevar en sí es interesante, y distingue a este PAU del de Las Tablas, monótono, conservador y caro. En esta parte del PAU de Vallecas se ha hecho arquitectura, como muestran los edificios Vallecas 16 o Vallecas 2, que se encuentran en el bulevar y que son bien sugestivos, al menos en sus fachadas, de estructura y materiales poco convencionales. Otros ejemplos de ello son el edificio Vallecas 20, negro, extraño, con ventanas que de lejos, y por el contraste, parecen ojos; y Vallecas 51, de SOMOS arquitectos, con una piel de policarbonato de distintos tonos de verde que vibra al graduar la tonalidad y el brillo. También merece atención el Centro Comercial La Gavia, de entrada discreta y elegante, un gran lucernario que permite la entrada de luz natural y, oh, ¡incluso áreas estanciales donde la gente puede sentarse tranquilamente en lugar de estar obligada a consumir o a transitar! Sí, es todo lo contrario de lo que ocurre en otros centros comerciales. Quizás no sea gran cosa, pero tranquiliza saber que todavía está permitido generar lugares en estos no lugares.

Como otros PAU, el de Vallecas trasluce las ideas que se tienen para el futuro. Se cumplan o no, algunas son francamente desoladoras: para ir de una acera a otra de la avenida Ensanche de Vallecas hay que cruzar diez carriles. De nuevo el coche reinando, esa necesidad del Capital y el Estado, que habría dicho Agustín García Calvo, y que hace que las ciudades sean menos ciudades para parecerse a carreteras. Esperemos que este futuro presagiado por los diez carriles ante los que me planto porque estoy a punto de reventar de tanto sol no tenga nunca lugar. Y que la vegetación crezca alguna vez en los cilindros del ecobulevar, que buena falta hacen aquí el fresco y el arropo

martes, 23 de junio de 2015

Telefónica o la ideología del imperio




Que Telefónica consiga, previa financiación, que Metro ponga una parada en su sede central lo dice todo sobre el poderío de esta multinacional cuyo romance con el PP no ha parado de crecer desde que éste la privatizara. ¿Pruebas? Iván Rosa Vallejo (marido de Soraya Sáenz de Santamaría), Eduardo Zaplana, Andrea Fabra, Elvira Fernández (esposa de Mariano Rajoy), Arturo Moreno, Alfredo Timermans, Manuel Pizarro o Rodrigo Rato trabajan o han trabajado para la empresa. Hay además una interesante rumorología, que llega hasta esta servidora por boca de uno de los empleados de la magnánima compañía de telecomunicaciones, según la cual la mentada alianza explica que antes de las elecciones suban el sueldo a sus trabajadores. EL ARTÍCULO SIGUE AQUÍ.
 
La fotografía es de Olmo Calvo.

Una universidad sin cabeza





Ciudad Universitaria es uno de esos sitios donde la metrópoli se acaba y da la impresión de que se puede salir andando al campo. Es una ilusión óptica que se deshace bruscamente con el runrún de la autovía del noroeste, la A-6. No obstante, si se le pone voluntad a lo de atravesar puentes cuyas barandillas lucen azul 'pepero' en vez del gris con el que estaban pintadas antes (un gris acorde con los colores de la estructura de estos pasos), se puede llegar a la Casa de Campo desde la avenida de Séneca. Eso, claro está, si logramos entrar a Madrid Río, custodiado en esta parte de la urbe por el Puente de los Franceses. Y es que lo que hay al término de la mentada avenida es una maraña de carreteras sin fin que atormentan al incauto peatón y ponen sobre la mesa la contemporánea pregunta de por qué diablos el coche va siempre en contra del caminante. Bien es cierto que quienes usan el coche para todo piensan a la inversa cuando se topan con demasiadas calles peatonales. ¿El aristotélico equilibrio se consigue, en una ciudad grande, con la suma de desequilibrios? Puede ser, aunque una servidora piensa que no debe de resultar difícil alcanzar mejores acuerdos. EL ARTÍCULO SIGUE AQUÍ.
 
La fotografía es de Olmo Calvo.

lunes, 8 de junio de 2015

CIUDAD LINEAL, REINO DE LO VARIOPINTO



 
 
 
Hoy nos bajamos en Ciudad Lineal. Es jueves, 11.00 horas; el barrio es puro bullicio porque la calle Alcalá está repleta de comercios, y sorprende cómo un nombre que remite al centro de la ciudad hace que la periferia no lo parezca tanto. Si mentamos la famosa vía, nuestra cabeza se llena de las mismas imágenes que encontramos en Google. La más típica: la de su confluencia con Gran Vía, donde reina el edificio Metrópolis. Pero Alcalá también es esta parte de la ciudad cuyo nombre evoca una línea recta, y por tanto un orden desmentido por la heterogeneidad desconcertante de los edificios y por lo variopinto de su vecindario. EL ARTÍCULO SIGUE AQUÍ.

UN BARRIO QUE ENCARNA NUESTRA HISTORIA MÁS RECIENTE



 
 
 
 
Es un misterio que en un barrio nuevo de pisos normaluchos que se encuentra donde Cristo perdió el gorro los alquileres sean altos. ¿Pagar 1.100 euros por un apartamento no lujoso en un entorno que sólo es una ciudad a medias por su escasez de comercios, sus avenidas de seis carriles y sus negocios de restauración desoladoramente parecidos a franquicias? ¿Quién diablos está dispuesto a vivir en un lugar semejante y a rascarse el bolsillo para ello? EL ARTÍCULO SIGUE AQUÍ.
 
La imagen es de Ángel Navarrete.

LO QUE ENSEÑAN LAS FRONTERAS




 
Los límites de algunos barrios son como costurones. Un costurón según el Diccionario de la Real Academia es una costura grosera, y también una cicatriz o señal muy visible de una herida o llaga. Cuanto más alejadas del centro, más pronunciadas suelen ser las suturas. Las zonas por las que la ciudad crece permiten la creatio ex nihilo desde el punto de vista de la continuidad: no se atienden a identidades, porque quizás carece de sentido que se tenga en cuenta el carácter de la ciudad. Eso entre otras cosas más interesadas y menos interesantes. EL ARTÍCULO SIGUE AQUÍ.